30 de diciembre de 2008

El chiquito de las 13:30

Sucedió hace una semana. Más o menos. Me encontraba en un bar cualquiera de un pueblo sito en Territorio Comanche y que de cuyo nombre tampoco quiero acordarme. Por allí suele ser costumbre entre mis amiguetes, siempre y cuando no haya que trabajar, quedar a mediodía “con la cuadrilla” e ir a tomar unas cañas con sus respectivos pinchos al bareto de toda la vida. La oficina, le llamamos nosotros. Lo malo de no ir por allí muy a menudo es que uno coge eso del alterne con ganas, se pasa tres pueblos, y cuando llega a casa a comer, tras varias llamadas no atendidas a un tal Papá-móvil, no tiene ni hambre, ni sed y ni puttas ganas de escuchar el sermón con que le obsequia por llegar tarde, y mal, la madre que lo parió.

Como iba diciendo, estábamos con esas cañitas sentados a una mesa discutiendo sobre la conveniencia, o no, de que la Pataki se pusiese más tetas (media docena, sugería alguno) cuando me dio por levantar la mirada. Y allí, en la esquina de la barra, justo al lado de la puerta del baño, se encontraba él. No le hubiera prestado mayor atención si no hubiese sido porque su careto me sonaba, aunque no acertaba a recordar de qué. Estaba él solo. Cuando le vio Ramón, el camarero, directamente cogió la botella de Coto y le sirvió una copa.

De repente creí caer en la cuenta. Y, así, como que no quiere la cosa, lo comenté por lo bajini con mi amigo Tejas, quien confirmó mis sospechas. Se trataba de un concejal del Pesoe al que conocía de haberle visto por la tele. En ese momento pasé de imaginarme las domingas de la otra y me dediqué a observarle a él. Parecía tranquilo –la procesión, concluí, va por dentro-. Cogió el periódico que estaba en la barra y comenzó a echarle un vistazo. Leía, imagino, sólo los titulares para no entretenerse demasiado y pasaba a la siguiente noticia. Al pasar las hojas instintivamente levantaba la mirada y hacía un barrido por el bar. Por si las moscas. Como tampoco quería mosquearle, pues nuestras miradas se cruzaron en un par de ocasiones, me dediqué entonces a buscar a los escoltas. No hube de emplear mucho tiempo. Dentro del bar no estaban ya que, a malas, no calculaba ni media hosttia a ninguno de los que estábamos por allí, así que corrí las cortinas de la ventana con la excusa de mirar la hora en el reloj de la iglesia y allí, apoyados sobre la repisa de la ventana, estaban los dos cachalotes.

Al poco rato entraron en el bar tres elementos de mediana edad que, por las pintas y el pelaje, parecían hijos de mujeres de dudosa reputación. Reconocer su orientación política tampoco fue muy difícil: el pueblo no es muy grande y todo el mundo, más o menos, se conoce. Se colocaron justo enfrente de la puerta del bar. Uno de ellos se percató de la presencia de José Luis (le llamaremos José Luis, por ser de los de Zapatero) y lo comentó con sus otros dos congéneres, los cuales dirigieron momentáneamente la mirada hacia el edil sólo para confirmar su presencia. Nada más. Ni un comentario al respecto, ni una mirada de desprecio; nada. Pidieron tres chiquitos y siguieron a lo suyo. José Luis levantó la mirada, los vio y siguió repasando las noticias, también, como si tal cosa. Según entraron estos tres elementos me quedé con ganas de haber vuelto a correr las cortinas para ver cuál fue la actitud que adoptaron los escoltas, si es que adoptaron alguna, claro, pero ya me pareció cantearme demasiado.

Aunque lo intentaba me resultaba imposible no mirar a José Luis. Qué necesidad tendrá el tío -rumiaba mientras le miraba- de pasar por lo que está pasando; de vivir en un sin vivir. Alerta las 24 horas del día. Y, míralo, situado estratégicamente en la esquina de la barra, para controlar de un vistazo todo el bar, y al lado del baño, para poder poner pies en polvorosa si fuese necesario. De repente cerró el periódico y se dirigió hacia la bandeja donde estaban los pinchos, situada a escaso metro y medio de donde se encontraban los tres majaderos. Su paso era firme, decidido. Iba con la cabeza alta y la mirada al frente. Se detuvo ante la bandeja y vaciló antes de coger un pincho. A todo esto los otros seguían a lo suyo discutiendo, imagino, sobre quién de los tres tenía el RH más peludo y ni se inmutaron ante la “osadía” de José Luis. Nada. Cogió el pincho y volvió a su sitio donde dio buena cuenta de él.

Al poco rato, y sin que sucediera nada más digno de reseñar, José Luis sacó el monedero, dejó unas monedas sobre la barra y, tras despedirse del camarero, salió a la calle. En ese momento me giré hacia la ventana, corrí nuevamente las cortinas y continué observando. En ningún momento dirigió la palabra a los escoltas. Uno se puso a su altura, caminando a dos metros de él, y el otro comenzó a seguirles por detrás dejando, también, una distancia prudencial.En ese momento, mientras veía cómo se alejaban del bar, recordé aquel célebre telegrama que el rey Alfonso XIII envió al General Berenguer cuando, en la guerra de África, éste decidió atacar por sorpresa Alhucemas y que rezaba así: ole tus cojones.

12 de octubre de 2008

Rizando el rizo

El otro día, buceando por la red, me encuentro con este titular: La Generalitat destina 10.000 euros al doblaje de una película porno.

Pues, sí. Se han tomando muy en serio -pero en serio que te rilas- eso de aborregar a las nuevas generaciones. Saben que con los que ya vamos teniendo una edad, si no han podido hasta ahora ya no van a poder. Son conscientes de que el pernicioso vicio de pajearse en Castellano que adquirió uno cuando era joven ya no se lo quita ni la madre que lo parió aunque continúe tirándole las revistas porno y le haya puesto un candado al deuvedé. El escuchar, o imaginar, cómo la enfermera de turno pone morritos y exige, en el idioma de Franco, "así, cabrón, así, en la boquita; todo en la boquita" provoca instantáneamente en mí cette eclosión que hace que los ojos me hagan chiribitas. Y cuando uno coge el vicio... Malo.

Pero, bueno, a lo que iba. Que digo yo que a ver por qué no rizar el rizo y producir una película porno made in Catalunya, con actores catalanes y en un entorno catalán. Así pues, en un derroche de solidaridad para con las autoridades catalanas desde aquí les propongo -ojo, sin ningún ánimo de lucro; o sea, gratix- la sinopsis de lo que podría ser la película.


Romeu a Julieta le espeta la çigaleta



En lo alto de una masía del'alt Empordá, en la Gerona (que no Verona) profunda, Julieta, una joven, enamorada y desconsolada payesa aliviaba en su habitación sus deseos sexuales con un espetec de Casa Tarradellas que le había comprado a su amiga Monserrat en una sesión de Tupper Sex. Se inspiraba, por un lado, con una foto de su amado Romeu, y por el otro, con una foto de Carod Rovira en tanga de leopardo.

Romeu, descendiente de toda una saga de castellers de pura cepa, y que sabe de lo imposible del amor que siente por Julieta, convence a la niñera de ésta para que diga al padre de Julieta, un tal Capulet, que fuese a un mitin que Ezquerra Republicana celebraba esa noche en el pueblo.

Capulet, que no se fiaba ni un gramo de Romeu, decidió encerrar a Julieta en lo alto de la masía poniéndole, por si acaso, un cinturón de castidad.

Lo que no sabía Capulet es que Romeu lo había urdido todo y estaba esperando a que él se fuese agazapado entre unos calçots junto a su primo Jordi y unos amigos de éste, Oriol, Pep y Ferran que trabajan de cerrajeros en la factoría que SEAT tiene en Martorell y al igual que Romeu, todos ellos, hijos y nietos de castellers.

11 de octubre de 2008

Recetas de cocina


Resulta que hace años, cuando estaba sentando las bases para mi independencia, también llamada Plan Carbonero, le dije a mi madre que me enseñara a cocinar así, un poco a groso modo… Cosas sencillas: pasta, alubias, lentejas y poco más.

Cuando ella se ponía manos a la masa yo me sentaba a la mesa de la cocina y apuntaba, paso a paso, el proceso a seguir. Incluso, fíjate tú, compré, ad hoc, una carpetita de anillas con el Wini the Poo ese vestido de cocinero para que quedara curioso el asunto.

A continuación paso a transcribir, tal cual, la receta de las alubias blancas, que es, digamos, la protagonista.

Alubias Blancas ========> Cazuela: 2horas

Ingredientes para cuatro raciones:

*Alubias blancas: una taza y un culín.
*Un chorrillo de aceite
*Chorizo y tocino
*Un diente de ajo
*Pimentón: una cucharada cafetera.

Dejarlas en remojo toda la noche y a la mañana cambiarles el agua. Se echan a la cazuela y se cubren de agua (un dedo por encima de agua, pero que tampoco naden) y se le echa el chorizo y el tocino y el chorrín de aceite (menos que a las lentejas). Se ponen a cocer a fuego fuerte y cuando empiecen a cocer (salen burbujas) se les echa un poco de agua (sólo para asustarlas y se queden quietas). Nunca no pasaremos del dedo de agua. Y las ponemos a fuego lento. Hay que vigilar cada poco para que no les falte agua (el dedo). Cuando ha pasado hora y media, más o menos, se prepara el refrito. Chorrín de aceite para freir un ajo en una sartén pequeña y se saca el ajo antes de que se queme. Cogemos la cucharada de pimentón y se la echamos a la sartén, depués una cucharada sopera de caldo y la echamos en la sartén para que se disuelva el pimentón. Caution!!! Si está muy caliente el aceite salta y quema. Esperar. Luego echar todo a la cazuela y esperar 20 min hasta que se hagan.


Bueno, al tiempo de haber conseguido la, por muchos ansiada, independencia, circunstancias de la vida que me vi a mediados de mes sin un puto duro. Pero tieso, tieso. Hasta entonces comía de menú en un bar, pero como la cosa se jodió pues… Así que con lo poco que tenía y algo que me prestaron compré comida para hacer yo en casa.

En qué hora…. Llegué a casa y me dispuse a hacer la comida para el día siguiente y posteriores. Lo de hacer cuatro raciones era para meterlas en tuppers y congelarlos. Bueno, pues tenía yo ganas de alubias así que a eso de las 7 de la tarde las metí en una ensaladera para dejarlas de remojo. Como mi madre es una exagerada –pensé- no creo que haga falta tenerlas toda la noche, así que a eso de las 10 de la noche cogí la carpeta del Winni Poo de los cojones, me calcé un delantal que mi madre me había comprado en Portugal y me puse al lío.

Puse las alubias, el chorizo y el tocino en la cazuela, cubrí todo un dedo de agua por encima y seguí leyendo. Un chorrillo de aceite, ponía. ¿Cuánto hostias es un chorrillo de aceite? Eché un poco y me quedé mirando….. esto va a ser poco, concluí. A ver, comencé a elucubrar, se supone que es para que no se peguen, así que más vale que sobre que no que falte, que van a estar dos horas. Y eché otro chorrín por siaca.

Solventadas las primeras dudas el resto parecía fácil; vigilar durante hora y media y estar atento al dedo de agua. Chupao. Así que allí andaba yo tó Maruja, con el paquete de tabaco en el delantal, trapo de cocina al hombro y escuchando la radio.

A la hora y media hice el refrito como mandaban los cánones. Calenté el aceite, eché el ajo, después lo saqué antes de que se quemara y eché el pimentón. Acto seguido cogí una cucharada del caldo y empezaron las dudas… hostia, a ver si va a estar muy caliente, me salta y me abraso… no joddas, espera un poco. Pero, craso error, esperé demasiado, el aceite se había enfriado demasiado ya que no me chisporroteaba refrito como a mi madre. Pero, oyes, olía bien. Bah, detalles sin importancia, me excusé, y eché el refrito a la cazuela. Me pareció un poco raro que quedaran unos puntitos negros flotando así que removí el batiburrillo para ver si se disolvían…. Nada, chato, será el agua de Madrid, que me han dicho que es muy dura. Y dejé que se cumpliera el tiempo de cocción.

A las dos horas cogí cuatro tuppers y me dispuse a llenarlos. Me salío un poco así de ojo que las alubias sonaran, cloc, cloc, cloc, cuando caían en el tupper, pero, qué coño, si nunca había oído caer alubias en un tupper. Será normal, deduje. Y con la satisfacción del trabajo bien hecho me acosté.

Al día siguiente, a la hora de comer, salí del trabajo dispuesto a jartarme de alubias. Llegué a casa, saqué el tupper del frigo y lo metí en el microondas. Dos minutos. Estaba yo lavando las manos en el cuarto de baño cuando, BOOOOOM, un petardazo. Salgo disparao para la cocina, paro el micro, lo abro y…. cagüen Ros, el tocino había explotado y me había puesto el microondas perdido (no tenía tapa). Pero, bueno, las alubias allí seguían así que saqué el tocino y terminé de calentarlas

Cuando las volqué al plato se volvió a repetir el cloc, cloc, cloc, del día anterior y eso ya no me gustó ni un pelo. Me quedé un rato observando el plato. Los puntitos negros (que posteriormente me enteré de que era el pimentón quemado) seguían algunos flotando y otros se habían quedado pegados a las alubias. A simple vista el caldo no tenía nada que ver con el mi madre, rojo y espesito. Éste era más bien acuoso, incoloro y se encontraba bajo una espesa balsa de aceite.

Cogí una cucharada de caldo y probé a ver…. Hostia, la sal. Qué fallo. Así que pillé el salero y chas, chas, chas, sazoné a ojo. Removí y volví a probar. Bueno, un poco salado; no pasa nada. Ya la siguiente cucharada la cargué con las alubias…. Crujj, crujj, crujj… no encontré diferencia alguna entre las alubias y los chococrispis del desayuno… y todavía tenía para tres días más y faltaban diez para cobrar….

Quién cojones me mandaría a mí salir de casa, sollozaba mientras rumiaba.

Desde entonces ni se me ha ocurrido protestar a mi madre por la comida.

16 de abril de 2008

Estocadas gastronómicas


Uno siempre se ha considerado (con o sin razón) amigo del buen yantar. Para un servidor no hay nada como ir a Rabanales (cada cual tiene sus preferencias) para disfrutar de una excelente gastronomía. Bueno, abundante y barato. Lo de bonito, para mí, es lo de menos. Que las copas no sean de Cristal de Bohemia y que la vajilla no sea de diseño francés, ulalá, me la trae al fresco, que uno va a comer, no a un museo.

En todo esto pensaba el sábado pasado cuando me estaba acicalando para ir a cenar con mis amiguetes. A dónde cojones iremos hoy con lo sibarita que es el que reservó mesa, me preguntaba mientras perfumaba concienzudamente mi sobaquera. Y claro, uno que viene del pueblo acostumbrado al buen comer, y al buen beber, van y se lo llevan a cenar a un céntrico restaurante pijolero, donde en vez de abundar la buena comida y la vergüenza torera de lo único que andaban sobrados era de excesiva parafernalia y mucha cara dura.

La verdad es que para un tosco analfabeto en este tipo de restaurantes como yo es muy complicado acertar con los platos a elegir, así que suelo ir a lo fácil. De primero le dije al camarero que me trajera la ensalada con más variedad de ingredientes que encontré en la carta, imaginando de este modo que la cantidad de comida sería directamente proporcional al número de elementos y de segundo pedí Medallones de ternera en salsa de nosequé, ya que al no encontrar Solomillo escrito entre la diversidad de carnes deduje que los medallones de marras serían mi ansiado manjar.

Craso error. La microscópica ensalada multicolor venía como acojonada en un rincón de una descomunal y floreada fuente a lo Agatha Ruiz de la Prada, mientras que los medallones de marras no eran mas que un translúcido filete, lleno de ternillas, o sea, de los de batalla, recortado en tres trozos ovales y con un montón de salsa por encima para camuflar el crimen. El vino, para no ser menos, un Barón de Oña que valía una pasta venía, casi casi, granizado. Creo que no hace falta ser ningún refinado enólogo borgoñés para saber que el tintorro no se debe servir tan frío, por lo que me extrañó que el camarero todavía preguntase a quién se lo debía servir para la cata. Así pues, siguiéndole el juego al camareta, y sin tener ni puta idea del tema pero como dicta el protocolo en estos casos, comencé a oxigenar la copa con mucho movimiento de muñeca y excesiva parafernalia gilipollesca, lo cual debió mosquear considerablemente al camarero pues no esperó a que le diese mi bendición para continuar sirviéndolo.

Una vez concluida la faena y tras haber tomado el postre, el café y la copa de rigor solicitamos la dolorosa. Cuarenta y tres euros por barba. Así que con más hambre que el perro de un ciego, de muy mala gaita y sintiéndonos unos perfectos imbéciles salimos a la calle jurando no volver a pisar por allí por mas que el zaragatero de la entrada nos despidiera con un pase de pecho emplazándonos para otro día.

No habíamos acabado de salir todavía por la puerta, y con el estoque todavía clavado en la chepa (no nos cortaron las orejas y el rabo de milagro), cuando a pocos metros paró en un semáforo un repartidor de Telepizza. De repente me entraron unas ganas salvajes de salir corriendo y arrearle una hostia al mozo para hacerme con la Barbacoa familiar que mi agudo olfato había detectado. Nuestras miradas se cruzaron. Tal y como me está mirando ese hijoputa –pensaría el chaval- seguro que se ha quedado con hambre y viene a por mí. Y antes de que yo pudiese reaccionar salió zumbando.

10 de abril de 2008

La sabiduría de los mayores


Todavía recuerdo las historias que me contaban mis abuelos. Las de la guerra eran mis prefes. Uno puede ver películas o leer libros, pero no hay nada como que te lo cuente alguien que estuvo allí, que lo vivió y que tuvo la gran suerte de sobrevivir para poder contarlo. Era yo un manzanillo de no más de ocho años cuando, a la hora de merendar, le pedía a mi abuelo, insistentemente, que me hablara de aquellos años en los que por narices tuvo que estar sirviendo a su patria, o como se llamase aquéllo a lo que sirvió. Y mientras me comía una tosta o una fiyuela, -mis abuelos no tenían ni caramelos Wertters original ni pizzas Casatarradellas- escuchaba ensimismado sus andanzas por esos mundos de Dios.

Recuerdo especialmente una en la que estuvo a punto de cascarla. Iban por el campo cuando él se metió en un pozo con noria para apagar la sed. Se quedó rezagado y cuando salió casi lo cosen a balazos. Oía el zumbido de las balas que pasaban a mi lado, decía. Todos los años le pedía que me la volviera a contar y todos los años me la contaba.

Cuánto les echo de menos. Cuántas historias habrá como esa y cuántas películas se podrían rodar con las vivencias de nuestros ancianos. Pero, desgraciadamente, nadie se va a preocupar de que las sepamos jamás. Para la clase política de este país los viejos no generan dinero, sólo gastos. La riqueza que poseen nuestros mayores en su interior, en su memoria, es un diamante en bruto que hoy no vale nada. Nadie se va a preocupar de tallarlo pues a nadie nos importa ya lo que ocurrió hace 70 años. Lo putas que las pasaron, la manera de vivir y de sobrevivir. Historias reales, no muy lejanas, que ahora se nos antojan totalmente surrealistas. Muchas de ellas se han ido ya para siempre y otras se irán poco a poco y sin hacer mucho ruido, sin que nadie se entere.

A mí me encantaba charlar con mis abuelos, y como por desgracia no me queda ya ninguno pues “adopto” momentáneamente a los que me voy encontrando. Algunas mañanas suelo salir para dar un paseo por el pueblo y siempre me encuentro al paisano de turno sentado en un poyo frente a su casa, él solo, al sol, viendo pasar las horas. Entonces me le quedo mirando fijamente y al ver su impasibilidad concluyo que está sólo de cuerpo presente, pues su mente se encuentra en otro lugar, en otro tiempo. Seguro que ahora mismo va montado a caballo por el monte, de noche y con dos sacos de café de extranjis. Le espeto un ¡qué bien estamos aquí al sol, eh! Entonces retorna a la realidad y así, sin más, comienza la tertulia. Lo bueno es que la mayoría ya no recuerdan, o nunca supieron, las putadas que les hice años atrás. O quizá sí que se acuerden, pero a estas alturas ya no les quedan ganas de revancha.

Es curioso observar cómo muchos de ellos pueden estar horas perdidas sin entablar conversación con nadie, quizá, por desgracia, tampoco tengan con quien hacerlo. Uno baja al bar a tomar el aperitivo y a la vuelta se los encuentra en el mismo sitio, en la misma posición y con el mismo semblante. También uno se pregunta si esa vida es la que le espera en caso de llegar a viejo.

Pero también puede ser peor. Mucho peor. Cuántas personas mayores viven solas, pero ya no en los pueblos, pues en ellos la camaradería entre los vecinos es mucho mayor, sino en las ciudades.

Tuve una vez una vecina, que vivía sola, a la que también “adoptaba” a ratos. Le calculaba unos ochenta y pocos. Sus hijos, de mediana edad y viviendo a sólo diez minutos a pata, pasaban más de ella que Zapatero de la manifestación del sábado pasado. Ni siquiera le ayudaban con la compra y ella se lo tomaba con filosofía e incluso los comprendía y justificaba. Trabajan mucho para pagar la hipoteca, los niños...decía. ¿El trabajo?, ¿los niños?. Los cojones. La poca vergüenza.

Hace un par de semanas me pasé por mi antiguo barrio ex profeso para saludarla. Pero ya no estaba. Mi vecina, la señora Laura -precioso nombre para una abuelita- había muerto hacía unos meses. No quise preguntar más a los vecinos pero me imagino su final. Sola. Ahora el piso está en venta. Sólo espero que el dinero que saquen por él los hijos les sirva para pagar el crédito, para contratar una niñera y hasta una pornochacha o pornochacho si se tercia. De este modo seguro que no tienen que trabajar tanto y les queda tiempo para ir a clase y recuperar esa asignatura que les quedó pendiente. La de la vergüenza.

9 de abril de 2008

¿Quién mandará en el Pepé?


Tras una legislatura caracterizada por la constante crispación, avivada y fomentada, en parte, por una férrea oposición infligida por el sector más radical del Partido Popular, llegaron nuevamente los comicios. Y, para mal o para peor, según se mire, el Pueblo habló.

Parece ser que Mariano Rajoy se ha dado cuenta de que no tiene que buscar el voto de la derecha, ni de la extrema derecha, pues ya cuenta con él, y que realmente el voto que necesita es el de esa parte del electorado carente de ideales políticos fijos que, a la hora de votar, se inclina más por el voto útil, el voto de castigo o el de confianza. Necesita el apoyo de todos aquellos electores que, en el año 2000, otorgaran a Aznar la mayoría absoluta y que, cuatro años más tarde, dieran a Zapatero la victoria.

Consciente de ello, pero en contra de lo que aboga el sector más ultramontano del partido y, en contra, también, de lo que defiende el sector más ultravaticano y más ultrasur de su principal medio de comunicación afín, la Cope, ha decidido renovar las cara públicas del partido y, tras lo visto en el debate de investidura de ayer, moderar el discurso a pesar de la vuelta del burro Arias Cañete al trigo.

Pero, una duda me asalta y, por la hora que es, la de la siesta, parece que me impide conciliar el sueño. ¿Será capaz, don Mariano, de llevar a cabo el proyecto de renovación y, sobre todo, de moderación contra el viento y la marea que lleva algún tiempo levantando Jiménez Losantos en su contra? Tras una breve reflexión la negativa parece ser la respuesta más lógica. El poder (fáctico) que el periodismo tiene en España, en general, y Jiménez Losantos en el Pepé, en particular, hace presagiar que los días que le quedan a don Mariano en la vida pública estén contados. La distribución que Mariano Rajoy y sus secuaces han hecho de los compromisarios para el próximo Congreso y la elección de Soraya Sáez de Santamaría como secretaria de política autonómica han sido las gotas que han colmado el vaso de la paciencia del periodista. Las mordaces críticas que, día sí y día también, le dedica, unido al incondicional apoyo que profesa por Esperanza Aguirre así lo hace entender.

De momento, Esperanza Aguirre ya ha comenzado a mover ficha pronunciando un discurso propio de un líder. El descarado alarde de liderazgo del que hizo gala en el sarao del ABC ante un impávido don Mariano hace sospechar que, efectivamente, en el próximo congreso del mes de Junio habrá más de una candidatura a la presidencia del Partido.

Pronto saldremos de dudas y veremos si los besos que a modo de saludo propinaba a don Mariano durante los mítines de la campaña electoral no eran más que felones ósculos propinados para delatar al Rabí (Rajoy) ante el sumo sacerdote (Jiménez Losantos) tal y como la Biblia cuenta que ocurriera en el huerto de Getsemaní.

22 de enero de 2008

A doña Tulipán

Ay, doña Tulipán, amor mío,
vengo hoy a la tecla hecho un lío,
amargado, afligido, arrepentido y corrido,
por lo que últimamente me ha acontecido.

He de confesaros, Tulipán mía,
que hoy poseéis gran astada,
pues anoche arribé a Fonfría,
hasta la venta de las luces coloradas,
donde las jarras de vino están frías,
y las damiselas esperan a horcajadas.

Vive Dios que de vos me acordaba,
que deseaba sentir vuestro aliento,
pero al imaginaros con otro encamada,
y, qué raro, yo estaba sediento,
el vino a subía y bajaba,
en el local de María Sarmiento,
mujer rica y acaudalada,
gracias a este establecimiento.

Acercóse a mí una joven dama,
mas acierto a pensar que era mora,
pues sus ojos me deslumbraban,
cual primer rayo de la aurora,
de piel dulce y aterciopelada,
y buen par de cantimploras.

Subí ya borracho a la alcoba,
dispuesto a ayuntar por despecho,
pues la mora se volvió medio loca,
cuando vio to`el tema derecho,
y cual Rómulo o Remo a la loba,
se puso a…. tomar de mi pecho.

Lo que ahora voy a contaros,
os pido guardéis en secreto,
mas ruego no oséis mofaros,
componiendo vos un soneto,
pues hasta don Luis me ha jurado,
que él también sería discreto.

En el catre hallábase a cuatro patas,
cual ardiente y encelada felina,
pues obscenos gestos me dedicaba,
deseosa de ser embestida,
mientras tanto yo el sable afilaba,
y lo untaba bien de vaselina,
no fuera a ser que no lubricara,
pues sabido es que si no, no patina.

Hallándome ya sobre de ella montado
cabalgando como yo sólo sé hacerlo
osé soltar una mano
que tenía estirando del pelo
y poco a poco la fui bajando
con el fin de llegar al ciruelo.

Pero topeme con algo afilado,
sin acertar a saber qué era aquello,
duro como un témpano helado,
pero caliente y recubierto de vello.

¡¡¡Vive Dios, que la he atravesado!!!
pardiez, qué larga la tengo,
por esto seguro seré recordado..
allende jamás de los tiempos.

Pero enseguida dime de cuenta,
a quién pertenecía el badajo,
pues no era precisamente Cenicienta,
a quien yo tenía debajo.

Os pido a vos doña Chelo
que para mí hagáis de Chelestina,
pues tengo la moral por el suelo
y mi amada estará que trina,
por haber fornicado a un travelo
que decía ser mora zaina
pero que tras el tupido velo
escondía, precisamente, bandolina.

18 de enero de 2008

A doña Chelo

Ay, doña Chelo, lengua viperina
me ausento y vos malmetiendo.
¿Será, acaso, envidia cochina?
mas yo creo falta de ayuntamiento
pues me consta que requerís de aspirina
cuando veis al consorte contento
y os intenta arrimar la sardina
para aliviar lo del semen retentum.

Y, confesad, ¿qué es eso de los picos pardos?
Osad decirme cuándo, con quién y cómo,
no son más que envenenados dardos
lanzados Sin ningún tipo de aplomo
cual cazador que apostado en su aguardo
tira a traición al palomo.

Ay, doña pollas como ollas,
o como troncos de secuoyas,
dejaos ya de farfollas!!!
pues aqueste maromo
aunque no lo imaginéis ni por asomo
gasta buena cinta de lomo.

Y si no, preguntad a mi amada Tulipán
cómo se le pone a este donjuán
cuando muslo pa´quí, muslo pa´llí y pam, pam, pam pam…

17 de enero de 2008

A doña Tulipán

Osáis dudar de mi higiene,
mas ignoráis que soy un caballero,
de los que junto a la jofaina tiene
por fragancia Varón Dandy, por jabón Tulipán Negro.
De plata está hecho mi peine,
de oro el mi toallero.

Respondo al nombre de Leonardo,
Leonardo Villegas Carbonero,
de oficio mal bardo,
pésima pluma en astillero,
pero que guarda bajo el tanga leopardo
la espada que ha de atizar su tr… brasero
al ritmo que vaya marcando
don Paquito Chocolatero (Ey, ey, ey)

He de confesaros algo,
con vos seré sincero,
si por algo soy afamado,
es por ser cruel mujeriego,
pues a Bercianos os pondré mirando,
para alimentar mi orgulloso ego,
y os costará volver andando ,
después tanto traqueteo.

Pero al veros a mís pies rendida
tras mi primer y cutre soneto,
ya os veo convencida
de que ahora la saco, ahora la meto,
y tal vez cambie de vida
y afronte este nuevo reto
de traer un manzanillo a esta Viña,
pues mis padres quieren ya un nieto.

11 de enero de 2008

La señal obligatoria V-19


Hola, chatos. Siempre he sido carne de cañón para los controles policiales. Supongo que el tener pinta de moro, el ser feillo y, sobre todo, el tener la patera matriculada hace 9 años en Territorio Comanche (SS) tiene la culpa de ello. Así que, consciente del estigma que acarreo, cada vez que la autoridad competente me da el alto digo sí wana a todo para evitar males mayores. Y es que, como para todo en esta vida, la (mala) experiencia es un grado.

En todo esto pensaba el otro día cuando vi, a lo lejos, un control de la Guardia Civil de tráfico cuando me dirigía a llevar unos trastos viejos al Punto Limpio. Fui reduciendo la marcha esperando que al agente de turno le saltase el automático y me diese el alto, pirulo luminoso en ristre, al leer las dos eses de la matrícula de mi coche. Y efectivamente... Pare aquí a la derecha, interpreté, al ver los Evanassárricos aspavientos que el benemérito agente me dirigía agitando ostensiblemente el pirulo. Y yo, que soy obediente porque el mundo me ha hecho así, detuve la marcha.

-Buenos días, me espetó. Me permite la documentación del vehicúlo y su carné de conducir? Uy, ¿y la pegatina de la Iteuve? Y esa carga que lleva detrás, ¿no la asegura?- Y mientras me inclinaba hacia la guantera para darle los putos papeles exclamé para mí: Carbonero, éste te va a poner el culo como un bebedero de patos, colega.

-Pues verá usté, señor agente, tuve que cambiar la luna y no me volvieron a colocar la pegatina. Como puede observar no es la luna original del vehículo.

-A ver. La factura de la luna-, dijo parafraseando en tono y forma al cabo de Airbag.

-Pues mire usté, la factura, de no estar quemada, está en un pueblo de Zamora, que es donde cambié la luna.

-Pues le voy a tener de denunciar. De todos modos, si usté presenta la factura, la denuncia queda anulá.

Dióse media vuelta y dirigióse hacia el coche patrulla. Y mientras rellenaba la dolorosa postrado en pompa sobre el capó del vehículo me entraron unas ganas salvajes de salir del coche y devolverle la cochinada al son del Paquito Chocolatero, pero, a Dios gracias, me abstuve.

-Aquí tiene. La puede pagar usted al Central Hispano. Son 150 del ala, pero si la paga antes de un mes se le rebaja un treinta por ciento. O sea, se le queda en 105.

-(Pues por el culo te la hinco). Verá usted, como comprenderá no voy a hacer un viaje hasta Zamora para coger una dichosa factura, así que permítame una consulta: sé que por la dichosa matrícula me van a parar siempre, así que si ahí más adelante hay otro control ¿qué puedo hacer para que no me denuncien?

Y él, dibujando en su careto una estúpida sonrisa irónica acompañada de un gesto sorpresivo, dio tres gráciles saltitos hacia atrás para quedar justo frente a mi vehículo y escupir: -ahí váá, pues pensé que era de Sevilla. Pero de todos modos les enseña usté esta denuncia, y ya está. Ji, ji.

Y en ese preciso instante empecé a dudar de la capacidad intelectual del guardia…

-(Sí, de San Serení de la Sierra, no te jode). Verá, con lo de “ahí más adelante” no me refiero a espacio, sino a tiempo. Es decir, una vez haya pagado ya esta multa.

-Le repito que si presenta la factura de la luna evitará que le vuelvan a denunciar.

-Y yo le vuelvo a repetir que no voy a ir a Zamora expresamente a por la factura. Me refiero a otra alternativa. ¿Qué puedo hacer?

-Jum, jum, jum, presentar la factura. Que se la manden por fax.

Entonces mis sospechas se vieron confirmadas a la vez que me empezaba a hervir la sangre viendo el choteo que se traía el colega ya que sólo le falto añadir “jódete y baila”.

-Bueno, pues mañana iré a la Iteuve a por una pegatina, exclamé resignado lanzando la caña.

-Pues como no enseñes la factura o conozcas a alguien allí no te la van a dar. Lo tienen terminantemente prohibido. Chincha, revincha.

-Pues verá usted, no conozco a nadie en la Iteuve y siempre que la he pasado me han dado la pegatina. Porque, puedo pasar la Iteuve, ¿verdad?- le repliqué haciéndome el tonto y haciéndole, mentalmente, claro, un corte de mangas y tres pedorretas.

Entonces, y tornando su semblante hacia un careto de muy pocos amigos me invitó a seguir mi camino espetándome un seco y autoritario CIRCULE, que me quitó las ganas de seguir vacilando a la vez que se me aflojaban los esfínteres.

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