28 de septiembre de 2005

Yo también soy un fascista y un cabrón


El otro día escuchaba por la mañana en el arradio una de esas tertulias políticas que a uno le entretienen mientras se prepara un piscolabis y espera ansioso a que la Campos regrese de la publicidad. Hablaban del nuevo Estatuto para Cataluña. Un tertuliano moderado, del que no recuerdo el nombre ni del que conseguí averiguar su orientación política, reprochaba a otro de los contertulios, éste último acérrimo de Esquerra Republicana, el gran daño que parte de la izquierda de este país y todos los nacionalistas le han hecho a la palabra “España” y a todo lo que a ella va unido; patria, bandera, nación... atribuyéndola única y exclusivamente a la derecha y al franquismo. Así que mientras deleitaba mi exquisito paladar con un “ tapizado de medallones de cerdo al punto de pimentón”, o sea, con un bocata de chorizo, empecé a darle vueltas a la carraca llegando a la conclusión de que ese señor tenía más razón que un Santo. Porque, seamos sinceros, hoy todo aquél que diga “viva España” sin que juegue la Selección es un facha.

Es curioso es observar cómo la mayoría de esos provincianos de boina y garrote que pastan por las verdes praderas del norte de la geografía ibérica evitan usar la palabra España. Es más, y el que por ventura ose decirles que han nacido en un país que se llama España y que, por lo tanto, también ellos son españoles, ése, además de ser un fascista es también un cabrón. Sólo hay que ver cómo algunos de esos cabestros queman banderas españolas cada vez que peregrinan a repique de campanas –cual ratina a la vacada- a celebrar Diadas o Aberriegunas y de paso reivindicar nosequé derechos históricos de reinos que jamás existieron.

Yo creo que éstos reniegan de lo “español” al igual que Michael Jackson renegó de ser negro. Supongo que tomando el ejemplo del cantante toda esta manada de astados está a la espera de que la ciencia avance para poder someterse a algún tipo de operación para que la pigmentación de su piel cambie hacia un tono más fosforito, como los Gusiluz, para diferenciarse del resto de españoles, ya que el RH no se ve y en algunos casos está deteriorado. Y mientras llega ese día, en Getxo se ponen euskalpins y utilizan el eusko karneta y por las ramblas de Barcelona se ven los coches de los CATetos debidamente tuneados con unas pegatas de una burra como la de mi tío. Todo esto para que la diferencia de su raza con la del resto de los maketos y los charnegos, respectivamente, sea visible ya que, hoy por hoy, el hijoputismo no se percibe a simple vista.

Y si algunos se abaten por un día al leer los periódicos aquí un servidor se vuelve reaccionario. Y reacciona de mala leche y con la tecla caliente cuando lee en la prensa, ve por la tele o escucha por la radio que los de Esquerra Republicana exigen un nuevo Estatuto en el que se les reconozcan como nación y Estado y recordándonos que una vez existió, chan tatachán, el reino de Cataluña. Con dos cojones. Y uno se pregunta: ¿será verdad que en este país ni un sólo político haya abierto en su puta vida un sólo libro de Historia anterior a la guerra civil? Al cabo de un rato llega la atroz respuesta. Sí, es verdad. Qué se puede esperar de la clase política de un país cuando la máxima autoridad en Cultura, o sea, la ministra de aquélla, la única Historia que conoce es la de Pixie y Dixie –ezoz marditoz roedorez- y cuando además el Gobierno de ese país sobrevive gracias a los apoyos de cuatro hijos de señoras de dudosa reputación a los que tiene que contentar.

Y al hilo de todo esto a los de la oposición, o sea, a los del Pepé, les sigue saltando el automático cada vez que el Gobierno abre la boca. Pero uno ya no sabe si es porque son como los niños enrabietados a los que le han quitado el Juguete, que a todo se niegan y/o por todo protestan, que es lo más probable, o es porque de verdad saben de qué va todo este tema y les molesta que se cachondeen del personal reescribiendo la Historia, que lo dudo. Y lo dudo, más que nada, porque tanto bufar ahora y ya no recuerdan la historia reciente de este país; aquellos maravillosos años en los que el míster Ansar conversaba con ETA y salía de Barcelona subiéndose los pantalones, con aliento a butifarra y parlando catalá.

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