
Cuando era pequeño me encantaba la Navidad. Pero no esa Navidad de postal y pastel que nos ofrecen ahora nuestro Ayuntamiento y El Corte Inglés. No, esa no. En mi Navidad no había luces de colores, ni brillantes serpentinas zigzagueando entre las ramas de unos árboles cargados de bolas multicolores. El nacimiento que más me llamó la atención fue el de un jato que vino a este mundo un 26 por la noche. Y en las calles no había nada que hiciera sospechar que nos encontrábamos en Navidad pues no había adornos en las farolas ni Papanoeles colgados de ellas. Ahora que lo pienso, si es que apenas había farolas en las calles.
La nota predominante en mi Navidad eran las heladas. Durante todo el día hacía un frío que pelaba, chacho, y la única manera de quitarlo era ahumándose uno en la lumbre o en la cama siendo literalmente aplastado por una tonelada de mantas y cobertores que se empeñaban en apisonarle a uno contra un colchón de lana de esos que dejaban la espalda hecha un cromo. (A veces pienso lo complicado que tenía que ser entonces echar un cohete con unas condiciones climatológicas tan adversas). Ahora, uno viene de la calle hecho un carámbano y no tiene más que entrar en su casa, que se encuentra a 20 grados gracias a la calefacción, y meterse en la ducha para salir como nuevo. Antes, por los cojones. A ver quién era el guapo que era capaz de ponerse en pelotas y, después de encontrárselas, meterse en la bañera con la esperanza de que no se acabase la bombona de butano. Después, tras haber estado 15 días hecho un gorrín, como es lógico, uno llegaba a la ciudad oliendo a morcilla. Y a tachín de mona.
Hasta hace como quien dice cuatro días no sabía lo que era cenar en Nochevieja langostinos, sopa de pescado, cordero asado y nosecuántas mariconadas más. Y ni putas ganas que tenía de saberlo. Mi cena de Nochevieja de cada año era un arroz con pollo que mi abuela se curraba en el pote como Dios manda. Un gallo de esos que nacían en el corral allá por Semana Santa y que nacían, también, con la fecha y la hora de caducidad tatuadas bajo un ala: 30 de diciembre de los corrientes, 17:00h, media hora arriba, media hora abajo.
Lo guapo de aquello también era el ritual que se llevaba a cabo para darle matarile al gallo. La detención del sujeto se llevaba a cabo por las bravas: mi abuela, de negro, con pañuelo en la cabeza y de mala leche, cual antidisturbios de la Ertzantza, acorralaba al pollo entre el cabañal y la corteja al grito de recondenación de gallo, ven aquí, cabrón. Y el condenado, que sólo acertaba a decir korok korokokok, ko kok, (imagino que estaba mentando a mi bisabuela) intentaba escabullirse, en vano, pues sabía la que se le venía encima. Cuitao de gallo. Una vez reducido y esposado con cuerda de la era, el detenido pasaba a la cocina donde ante los ojos de un manzanillo se le aplicaba la pena capital. Después, a la noche siguiente toda la familia nos sentábamos alrededor de la lumbre y dábamos buena cuenta de un guisado que estaba que se cagaba la perra. Rediós, qué pollo. Ya no recuerdo qué es eso de tener que tirar con los dientes para arrancar la carne del hueso.
Hoy no estoy seguro de qué es lo que cenaré mañana. Pero me lo imagino. Sé que, como de costumbre, no me harán ni puto caso y la madre que me parió y su marido se pegarán una “paliza” durante toda la tarde con el rape, las gambas y toda la hostia para hacer la sopa de pescado y lo que venga después. Dicen, justificándose, que es para cenar algo especial, algo que no cenas el resto del año.
Con lo a gusto que se iba a quedar servidor con uno de aquellos pollos y una botella de Cermeño.
30 de diciembre de 2006
La Navidad que no volverá
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