A ver, que voy. Hace unos días que leí este artículo escrito en La Opinión de Zamora y todavía me ando revolcando por el suelo de la risa. Pero Chany, tronco, veo que no estás muy puesto en el tema. O quizá sí que estás puesto y por eso escribes lo que escribes. En cualquiera de los casos, cuando gustes, te invito a pasar una tarde por Palazuelo de las cuevas. Nos damos un garbeo por el pueblo, para que veas el panorama y luego en la TV (taberna de Virgilio) nos trincamos unas tres o quince cervezas, que pago yo y después me pones una puntiña de eso, para que así lo flipe yo también y vea las cosas de otra manera.
Para usted, que acaba de leer el artículo de Chany y no conoce la Palazuelo, le dará la impresión, así a bote pronto, de que aquello debe ser como Marbella. ¡Qué orgullosos deben estar los gargüelos de su Alcalde Presidente!, ¡cómo será la cosa, oye, que van a ser los namber guan de Aliste, Tábara, Alba y parte del extranjero!, ¡ay la virgen, qué rancura, que el de mi pueblo no da un palo al agua y no se gasta una perra!. Otros, al leer esto pensarán: Carbonero, hijoputa, qué fácil es hablar por hablar cuando no hay nada inteligente que decir. Y es que tiene que haber de todo en la viña del Señor.
Pues ahora que hay dinero, no estaría nada mal que el señor Alcalde Presidente se dedicara a pagar, y con intereses, a los vecinos de Palazuelo a los que se le debe viruta. Me explico: cuando construyeron el tramo de carretera que va desde el cruce para Cabañas hasta el alto de la Cruz,en el término de Palazuelo, se metieron por donde les salió de los cataplines, atravesando prados, sembrados, etc. Y aquí, mi amigo el lehendakari, prometió a los propietarios de las fincas afectadas, entre ellos mis abuelos, el abono de las mismas o una extensión de terreno igual a la usurpada pero en otra parte del pueblo. Pero claro, el muy aguililla, viendo que la mayoría de los propietarios eran abueletes ya mayores y con los hijos fuera, hizo lo que hacemos todos, después de haberla metido olvidar lo prometido, dándoles a firmar un documento en el que eso de pagar por el terreno, o de ofrecer terreno a cambio, no constaba ná de ná. Ay, pájaro, pájaro.
¿Qué pasó con ese dinero? ¿Tan mal gestor es que no lo exigió a la Diputación, o a quien correspondiese?, o peor aún ¿se lo quedó para él, y ay-untamiento? Vaya usted a saber...Y ahora quiere que nos creamos que se va a gastar siete kilos en adecentar el pueblo. Ay qué risa, tí Felisa. Para adecentar, primero ha de ser uno decente, Alcalde Presidente de S. Vicente.
No quisiera blasfemar, ya que si no mi madre se mosquea y el web master me da unos azotes, tas, tas, en el culete, así pues, en tono conciliador y desde aquí, le pido encarecidamente que atienda a los de su parroquia, que ahora hay cuartos. Y con lo que sobre podría empezar a llevarse para su casa o para donde le salga de los huevos toda esa montaña artificial de escombros y basura que le ha permitido formar, por todo el morro, a su primo Pizarro y a la madre que lo parió.
21 de marzo de 2005
Palazuelo de las Cuevas: Marbella de Aliste
8 de marzo de 2005
Despoblación

Hace algún tiempo, no recuerdo quién fue exactamente, me “invitó” a pasar unos días en Aliste, pero fuera de temporada, es decir, cuando ya no queda nada del jolgorio ni del gentío que caracteriza nuestra tierra en fechas señaladas y, sobre todo, en verano.
Por suerte mis padres, de profesión jubilados, suelen pasar temporadas en el pueblo, supongo que para vengarse de quien les hizo abandonar su tierra para buscar un futuro mejor. Y, aquí, un servidor, cuando se cansa del agobio que le produce vivir en una gran ciudad, sale disparado el viernes por la tarde, según sale de trabajar, camino del pueblo para pasar un fin de semana relajado y tranquilo.
Después de dejar atrás el gran atasco de salida característico de toda gran urbe, uno ya solo tiene en mente esas deliciosas mollejas asadas que le esperan para cenar. Un exquisito manjar, imposible de conseguir, si no es así, fuera de temporada. Una vez allí, después de los besos y abrazos de rigor, uno se sienta a la mesa dispuesto a inyectarse una sobredosis de mollejas, para calmar el mono y para saciar el hambre producida por el pesado viaje y, todo hay que decirlo, por la mala alimentación característica de los Rodríguez.
Después de cenar, en medio del sopor producido por el calor de la lumbre, el atracón de carne y las tres cuartas partes de la botella de Cermeño que uno se acaba de meter pal cuerpo, le dan la triste noticia de que hace dos días acaban de enterrar al tí Cánobas, un abuelete, viudo desde hace años, que vivía tres calles más abajo. Sorprendido por la mala noticia, al preguntar por la causa del fallecimiento, uno ve cómo con resignación le responden:-De viejo, hijo, de viejo.- Y tras responder también con un gesto de contrariedad le daba la puntilla al culín de Cermeño que quedaba en la botella, no fuera a ser que se estropeara.
Tras una breve sobremesa y con el abrigo en la mano, dispuesto para bajar al bar para terminar de apagar la sed, uno escucha estupefacto cómo su padre le dice:-Hijo, no subas, tarde que mañana vamos a podar unos castaños.- ¡Joder, qué necesidad tendrá el hombre este de andar subiéndose a los árboles. Para caerse y partirse una pierna!, pensé para mí. En ese mismo instante, mientras salía por la puerta de casa, me detuve un momento al recordar cómo hace algunos años él se hacía la misma pregunta retórica tras haberme propinado una sonora colleja, para quitarme la idea que tenía de subirme a un negrillo para alcanzar el nido de la cigüeña. -A ver quién es el guapo que le mete a su viejo un capón y le esconde después la macheta, para quitarle ahora la idea a él-, y tras llegar a la conclusión de que los niños y los jubilados no hacen más que enredar cuando se aburren continué mi camino hacia el bar.
Al llegar a la altura de la casa del tí Cánobas, y mientras apuraba las últimas caladas de un Marlboro, me quedé mirando al poyo donde solía estar sentado, día si y día también, el malogrado anciano. Entonces esbocé una leve sonrisa al recordar cómo, cuando era niño, el cabrón me quería meter en un saco con el objetivo de llevarme a un cuarto que él tenía lleno de ratones, para que me mordieran en el pito. Y yo, muerto de miedo, no hacía más que meterme debajo de las faldas de mi madre. También recordé cómo años más tarde me cruzó la cara de un bofetón después de que una noche me pillara, in-fraganti, en pleno destrozo del sandial que el buen hombre tenía en la cortina. Ahí llegue a la conclusión de que tal acto vandálico fue en venganza por lo del cuarto de los ratones. Lo que no consigo recordar, todavía hoy, es qué era lo que me habían hecho los demás vecinos a los que también solía putear por aquella época .
Muy cerca del bar, y con la mente puesta todavía en el tí Cánobas, me detuve frente a lo que quedaba del cabañal de mis abuelos, sin leña ya y medio derrumbado a causa del abandono, y observé cómo asomaban unos yerbajos que brotaban de lo que antes era un corral. También entonces recordé, pero esta vez con lágrimas en los ojos por lo que tocaba, cómo correteaba cuando era niño por allí, detrás de las gallinas, y cómo salía mi abuela de la cocina, de mala leche al escuchar el desesperado grito de auxilio de los pobres animalicos, y me arreaba otro coscorrón para que dejara de tocar los huevos a las gallinas.
Ya, dentro un bar semivacío a las once de la noche, y mientras rendía cuentas al segundo jotabé, empecé a enumerar a todos los abuelos, empezando por los propios, que nos habían ido dejando, poco a poco y sin hacer mucho ruido, en los últimos años. Entonces empecé a darme cuenta de que dentro de pocos años si nadie lo remedia lo único que va a quedar vivo en la mayoría de los pueblos de Aliste, fuera de temporada, van a ser sus respectivos foros dentro su página web: aliste.info.
