Sin tiempo; vivimos sin tiempo. Han conseguido que nuestro día a día sea una vorágine urbana, de horarios laborales, consumista, de eventos. Una vorágine absoluta que nos impide reaccionar como debiéramos cuando las circunstancias lo requieren.
Se lo han montado de tal manera que han conseguido aborregarnos para, de un modo u otro, salirse con la suya sin que nos demos cuenta. La mayoría deambulamos toda una vida por este valle de lágrimas como autómatas sin apenas percatarnos de lo que ocurre a nuestro alrededor. O, lo que es peor, aceptando y tragando con ello y, por ósmosis, convirtiéndonos en uno más del rebaño. En un imbécil más. Salir del redil, alzar la voz y protestar resultaría mortal de necesidad pues, como a toda minoría, a uno lo acabarían inflando a hostias sus propios congéneres. Es por ello por lo que cuando uno lee cierto tipo de noticias no puede por menos que, desde dentro, aplaudir, acatar y esbozar una leve sonrisa. Sonreír, según cómo se haga, es también una manera de alzar la voz, de protestar e incluso a veces, no siempre, de ciscarse directamente en su puta madre, pero con la ventaja de que, ellos, los imbéciles, no lo perciben como tal. No hay, pues, riesgo de represalias.
Y es que ésta es finísima. Resulta que las burras, vacas, mulas, caballos y yeguas deberán abonar una cuota de 9 euros al año como tributo por su derecho a transitar con todas las de la ley por las calles y caminos de la localidad de Losacio de Alba. Así -y cuando uno lee “así” entiende “tal cual”- parece ser que reza en una nueva ordenanza reguladora aprobada, ojo al dato, por la Corporación Municipal de Losacio de Alba (Zamora). No redactada y aprobada por los payasos de la tele, no. Redactada y aprobada por una Corporación Municipal. Con mayúsculas, o sea.
Y uno, que hay veces, como ahora, que tiene buena fe, realmente cree que dicha ordenanza ha sido redactada y aprobada en un Pleno Extraordinario (porque estas hijoputeces se acuerdan en Plenos Extraordinaros) donde algún cabrón con cuernos echó en las botellas de agua de sus señorías psicotrópicos del tipo LSD o similares. Sustancias alucinógenas nada recomendables (niños, decid siempre NO a las drogas) que, entre otro tipo de efectos, pueden hacer llegar a creer a las personas buenas y honradas que las vacas, ovejas, burras, mulas caballos y yeguas pueden llegar a pagar impuestos ya que son las propias bestias quienes gestionan los ingresos que ellas mismas generan. Y no, tc, tc, tc, tc (negación con la cabeza), todos sabemos que eso no es así. Otra posibilidad es que el mensajero, conociéndosele como se le conoce, en un alarde de semianalfabetismo haya redactado el artículo como le haya salido de cojones dándole un toque de humor negro a un asunto, el de pagar impuestos, que a ni Dios le hace ni puñetera gracia.
Insisto. Algo... algo anormal ha tenido que pasar para que algo tan serio como una ordenanza municipal, en la que se pone en conocimiento de los vecinos el cobro de más impuestos, esté redactada a modo de monólogo de humorista sin futuro. Es impensable que, con un país inmerso en una profunda crisis económica y con los ganaderos manifestándose por las capitales de provincia protestando por el precio del gasoil y denunciando los precios a los que han de vender los productos del campo, alguien los tenga tan cuadrados como para redactar en tono jocoso una ordenanza municipal de este calibre. Y, aunque la apostilla de “con todas las de la ley” invite a pensar lo contrario, uno no va a ser tan desconfiado de pensar que se están riendo del personal; de que, los que mandan, informen a la plebe de que hay que soltar la gallina pero de buen rollito, oiga. Y no lo piensa porque, para hacer eso, habría que ser muy hijo de puta.
28 de julio de 2009
Impuestos revolucionarios
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