10 de octubre de 2005

En busca del sueño europeo


Durante estas últimas semanas me ha sido completamente imposible no acordarme de mis tiempos de miliko. Hasta entonces sólo los recordaba cada vez que me he reunido con Nieto, mi amigo de la mili. Mi amigo. Y siempre recordamos lo mismo; nuestras borracheras en el Cargadero del Mineral, que es la zona de copas de Melilla, y las que liábamos en el Santiago, nuestro cuartel.

Soy consciente de que no hay nada peor que escuchar a un tío contar las batallitas de la mili, pero hoy es lo que toca. Como iba diciendo, estos días ha sido inevitable no recordar todas aquellas horas que me tiré en la frontera de Melilla con Nador “vigilando” para que ningún moreno cruzara la alambrada. Una alambrada que no era, ni por asomo, como la que vemos hoy por la tele. Aquélla era mucho más rudimentaria. El alambre de espino se entrecruzaba en zigzag, y en todas las direcciones, entre tres filas de estacas metálicas, formando así una maraña de pinchos de aproximadamente un metro de altura y cerca de cuatro de ancho a lo largo de toda la frontera.

Nunca olvidaré la primera noche de retén en la frontera en la que vi a un grupo de negros. Nuestra franja a cubrir iba desde la aduana de Beni Enzar hasta la playa del Barrio Chino y aquella noche me tocó ponerme cerca de la aduana. Eran las tres y pico de la madrugada –llevaba allí desde las diez de la noche- y apenas me quedaba tabaco, las pilas del walkman las había fundido y, además, el libro que llevé me estaba aburriendo como a una ostra. Así que me fumé un berrugo y me tiré en el suelo, con la mochila de combate a modo de almohada y con el poncho para la lluvia como improvisada manta para resguardarme de los enormes mosquitos que acechaban, dispuesto a echar una cabezadita aunque sólo fuera hasta las cinco de la madrugada, que era, más o menos, cuando pasaba el suboficial de retén repartiendo café y un paquetito de galletas.

No había acabado de acomodarme cuando les vi al otro lado. Eran unos cinco o seis jambos. Lo único que les quedaba por delante para ver cumplido su sueño, después de haberlas pasado más putas que Caín, eran cuatro metros de alambrada y un infante Regular medio fumao al que a malas seguro que no le calcularon ni media hostia. Como para echarse para atrás. Al verlos me incorporé sobresaltado e instintivamente me puse a gritar como una histérica acojonada por más que ellos me rogaran que guardara silencio para no delatarlos. Pero al verme tan nervioso y sentirse descubiertos desaparecieron en la oscuridad de la noche. A los dos minutos llegaron el sargento de retén y una pareja de la Guardia Civil para recibir novedades, así que tras una breve explicación de lo sucedido y el saludo de rigor me volvieron a dejar solo.

Pero ya no pude conciliar el sueño. Estaba inquieto, incómodo. No podía quitarme de la cabeza la imagen de sus caras suplicando encarecidamente que no les delatara. Que les dejara pasar. Fue en ese momento cuando empecé a analizar por qué estaban allí. Hasta entonces ni me lo había planteado. La respuesta fue rápida y sencilla a la vez. Guerras, destrucción, limpiezas étnicas, hambre, miseria. Y yo, con mi voz de alarma, acababa de cercenar su esperanza y de tirar por la borda todo el esfuerzo que les había costado llegar hasta allí; meses y meses recorriendo a pata un terreno completamente desértico, soportando temperaturas extremas, gastándose el poco dinero que tenían con las mafias y sobornando a los Mehaznis marroquíes para que les dejaran pasar.

El sábado vi un reportaje en el que se rendía homenaje a Lázaro Cárdenas, Presidente de México allá por los años treinta, por haber acogido a todos aquellos españoles que huyeron tras la caída de la II República. Seres humanos que, al igual que los negros de Melilla, también huían de su país. Y allí, tirado en el sofá de mi casa y viendo cómo embarcaban los españoles hacia México, me volví a sentir un hijo de la grandísima puta.

1 de octubre de 2005

Un día republicano lo tiene cualquiera


El caso es que como estamos en el tiempo de la berrea y como, según parece, es la época del año en que las hembras parecen ser más propensas al ayuntamiento carnal, el jueves por la noche salí por Madrid luciendo mis mejores galas: pantalón vaquero nuevo, camisa de primera marca, zapatos mocasines y, como si se triunfa hay que dar buena imagen, unos boxer de lycra Calvin Klein que me costaron un testículo de pato.(Que sí, que ya sé que es una imbecilidad pagar una pasta por algo con lo que sólo vas a vacilar 5 minutos; que es lo que se tarda en quedarse uno a pilutrín. Alguno seguro que está pensando: pues si lo sabes ya te vale, subnormal. Pues sí, pues tiene razón. Pero qué le voy a hacer yo. No es plan de salir, y alguna vez me ha pasado, que te suene la “flauta”, encuentres a una cierva receptiva, y cuando llegas al hotel dispuesto a consumar a la titi se le vaya la libido al verte en unos gayumbos de esos de tela que dejan que todo vaya a su libre albedrío, tolón, tolón, o en unos slips de esos con dibujitos de patitos, gatitos o tortuguitas. Sí, coño, de esos que son la mar de cómodos, que lo sujetan todo hasta que se quedan medio transparentes y pierden la goma de tanto lavao, y que todos tenemos gracias a que nos los compran en Portugal nuestra madre o nuestra parienta, ya que ninguno tenemos lo que hay que tener para ir a comprarlos).

Bueno, como iba diciendo (y a ver si lo digo de una puta vez) estaba en Madrid y aparqué el coche en la calle Marqués del Duero (calle perpendicular al Paseo de Recoletos, sita justo detrás del Palacio de Linares) a eso de la 01:00 am y me fui por los garitos de la zona con mi amigo Emilio, que vive por allí cerca.

Como a eso de las 06:00am todavía no había sucedido nada digno de reseñar, o sea, que nada de nada, y como el volumen de alcohol en mi sangre era directamente proporcional al volumen mismo de la sangre, pues opté por quedarme a sobar en casa de Emilio.

Me desperté a eso de las 08:30am para ir a por mi coche, evitando así que me pusieran una multa ya que estaba aparcado en zona azul y la O.R.A comienza a partir de las 09:00 am. Total, que cuando llego a la calle en cuestión cuál fue mi sorpresa que mi patera había desaparecido. Me dirijo a un agente de la Policía Municipal que había por allí y al comentarle la jugada me dice el tío que se lo ha llevado la grúa al deposito municipal alegando “acto público autorizado” ya que mi REY iba a hacer no sé qué por allí y mi vehículo resultaba un "estorbo" para garantizar la seguridad del monarca. Me sugiere que vaya a Colón, unos 350m Paseo de Recoletos arriba, ya que es allí donde me darán la autorización para la retirada del vehículo.

Así que con una caraja del quince, y un mosqueo considerable, me fui calle arriba tal y como el Pitufo me había indicado. Al llegar a las oficinas municipales destinadas a tal efecto me dirigí a una de las ventanillas donde un imbécil con coleta me aseguró que no le constaba que mi coche se hallase en ningún depósito. No obstante me invitó a que me quedase por allí esperando, de pie, ya que era bastante probable que todavía no hubieran introducido los datos en el puto ordenador, lo cual hizo que me rechinaran aún más los dientes hasta tal punto que todavía hoy tengo flojos cuatro empastes.

Media hora más tarde, y tras haberse tomado en mi presencia un café con un donuts y un croissant, y después de haber ido al baño a fumarse un pitillo, se dignó el hacendoso funcionario a entregarme un plano fotocopiado que indicaba el lugar exacto donde podía recoger mi coche. Paseo Imperial, rezaba en el papelorio. Cógete un taxi o vete en el metro, me sugirió el hijoputa. Andando voy a ir, no te jodde, le aclaré yo. Así que tras esperar otra media hora para coger un puñetero taxi, (pensando que sería lo más rápido) y después de que el taxímetro marcara 7.80€ tras otra media hora de carrera por el atascado centro de Madrid, llegué al Paseo Imperial ese de marras y retiré mi vehículo tras haber firmado sendos autógrafos a la periqui que estaba en la oficina y al jambo que estaba de portera.

Eran las 11:00am más o menos y estaba muerto de sueño, de mala gaita, resacoso e inmerso en uno de esos monumentales atascos de la M30. Lo juro; ese día, en ese momento y durante toda la tarde en mi puesto de trabajo me estuve acordando del Rey y de doña María de las Mercedes, que fue la madre que lo parió.

Hoy ya se me ha pasado el mosqueo. Como tampoco me multaron ni tuve que pagar por la retirada le he perdonado y ya he vuelto a ser monárquico. Pero también he de reconocer que mi discurso ha cambiado: “que viva el Rey”, sí, pero como dice mi amigo Rubén, “pero que viva lejos”. “ Y de Madrid”, añado yo.

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