
Durante estas últimas semanas me ha sido completamente imposible no acordarme de mis tiempos de miliko. Hasta entonces sólo los recordaba cada vez que me he reunido con Nieto, mi amigo de la mili. Mi amigo. Y siempre recordamos lo mismo; nuestras borracheras en el Cargadero del Mineral, que es la zona de copas de Melilla, y las que liábamos en el Santiago, nuestro cuartel.
Soy consciente de que no hay nada peor que escuchar a un tío contar las batallitas de la mili, pero hoy es lo que toca. Como iba diciendo, estos días ha sido inevitable no recordar todas aquellas horas que me tiré en la frontera de Melilla con Nador “vigilando” para que ningún moreno cruzara la alambrada. Una alambrada que no era, ni por asomo, como la que vemos hoy por la tele. Aquélla era mucho más rudimentaria. El alambre de espino se entrecruzaba en zigzag, y en todas las direcciones, entre tres filas de estacas metálicas, formando así una maraña de pinchos de aproximadamente un metro de altura y cerca de cuatro de ancho a lo largo de toda la frontera.
Nunca olvidaré la primera noche de retén en la frontera en la que vi a un grupo de negros. Nuestra franja a cubrir iba desde la aduana de Beni Enzar hasta la playa del Barrio Chino y aquella noche me tocó ponerme cerca de la aduana. Eran las tres y pico de la madrugada –llevaba allí desde las diez de la noche- y apenas me quedaba tabaco, las pilas del walkman las había fundido y, además, el libro que llevé me estaba aburriendo como a una ostra. Así que me fumé un berrugo y me tiré en el suelo, con la mochila de combate a modo de almohada y con el poncho para la lluvia como improvisada manta para resguardarme de los enormes mosquitos que acechaban, dispuesto a echar una cabezadita aunque sólo fuera hasta las cinco de la madrugada, que era, más o menos, cuando pasaba el suboficial de retén repartiendo café y un paquetito de galletas.
No había acabado de acomodarme cuando les vi al otro lado. Eran unos cinco o seis jambos. Lo único que les quedaba por delante para ver cumplido su sueño, después de haberlas pasado más putas que Caín, eran cuatro metros de alambrada y un infante Regular medio fumao al que a malas seguro que no le calcularon ni media hostia. Como para echarse para atrás. Al verlos me incorporé sobresaltado e instintivamente me puse a gritar como una histérica acojonada por más que ellos me rogaran que guardara silencio para no delatarlos. Pero al verme tan nervioso y sentirse descubiertos desaparecieron en la oscuridad de la noche. A los dos minutos llegaron el sargento de retén y una pareja de la Guardia Civil para recibir novedades, así que tras una breve explicación de lo sucedido y el saludo de rigor me volvieron a dejar solo.
Pero ya no pude conciliar el sueño. Estaba inquieto, incómodo. No podía quitarme de la cabeza la imagen de sus caras suplicando encarecidamente que no les delatara. Que les dejara pasar. Fue en ese momento cuando empecé a analizar por qué estaban allí. Hasta entonces ni me lo había planteado. La respuesta fue rápida y sencilla a la vez. Guerras, destrucción, limpiezas étnicas, hambre, miseria. Y yo, con mi voz de alarma, acababa de cercenar su esperanza y de tirar por la borda todo el esfuerzo que les había costado llegar hasta allí; meses y meses recorriendo a pata un terreno completamente desértico, soportando temperaturas extremas, gastándose el poco dinero que tenían con las mafias y sobornando a los Mehaznis marroquíes para que les dejaran pasar.
El sábado vi un reportaje en el que se rendía homenaje a Lázaro Cárdenas, Presidente de México allá por los años treinta, por haber acogido a todos aquellos españoles que huyeron tras la caída de la II República. Seres humanos que, al igual que los negros de Melilla, también huían de su país. Y allí, tirado en el sofá de mi casa y viendo cómo embarcaban los españoles hacia México, me volví a sentir un hijo de la grandísima puta.
10 de octubre de 2005
En busca del sueño europeo
________________________________
 
                                                     >>>>>>>
