1 de agosto de 2007

Seguidores de Cristo


Hola. Pues nada, que el otro día iba yo por la calle Goya con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos haciéndome chiribitas tras haber recibido un efectivo tratamiento anti-estress en un céntrico sex-show de Madrid cuando de repente me quedé clavado en el sitio al percatarme que una marabunta de gente se dirigía hacia mí. Como venían todos de Ralph Laurent, peinados a raya y tal y cual, y encima en manada, la primera impresión fue que se trataba de la enésima manifestación del Pepé en contra del Gobierno. Pero ante la ausencia de banderas nacionales, de arengas nacionales y de policías nacionales deduje que no, y la incertidumbre se apoderó de mí.

Según se iban acercando me percaté de que todos llevaban en la solapa una tarjeta en la que, imagino, ponía el nombre de cada individuo, e individua que diría el Lehendakari, precedido de un SIGAMOS A CRISTO!!! Así pues, nada más leerlo me giré como impulsado por un resorte buscando a un tipo melenudo, barbudo y con ropas andrajosas, o camiseta heavy en su defecto, no fuera a ser que me hubiera cruzado con el Hijo de Dios y no me hubiese dado cuenta de tan magnánimo encuentro al ir yo pensando en lo mío (y en lo de la otra….) Total, que al ver que nadie se correspondía con mi búsqueda me dirigí a una pareja madura de las que portaba la tarjetita y exhibiendo la mejor de mis sonrisas Japident y muy intrigado les pregunté educadamente a ver de qué se trataba todo aquello. Ellos, alagados por la pregunta, me respondieron muy educadamente también que se trataba de un congreso de Testigos Cristianos de Jehová en el que se iban a bautizar no sé cuántos nuevos adeptos y al que, por supuesto, me animaron a asistir aunque no fuese, todavía, añadieron, de su devoción. Y yo, lejos de revolcarme por el suelo de la risa me despedí agradecido con un escueto ya me lo pienso acompañado de otra sonrisa y de un gesto a lo Richard Clayderman en su piano sin control.

Hoy llego a casa y veo en las noticias que los Talibanes se van cepillando poco a poco a los voluntarios surcoreanos que, enviados por no sé qué Iglesia, están en Afganistán en misión humanitaria. Y recuerdo a aquel hermano de La Salle que me dio clase cuando yo era un mequetrefe y que pasó de todo, y de todos, y se fue a El Salvador de misionero porque sentía la llamada de Cristo. Y se me vienen a la memoria esos curas y monjas que se encuentran de misioneros en África y que se niegan a dejar la misión cuando al negro de turno se le cruza el cable y empiezan las hostias a diestro y siniestro aunque las autoridades aconsejen salir zumbando. Y ahora vuelvo a recordar que el sábado me invitaron a seguir a Cristo por las calles de Madrid. Que tiene cojones también el asunto.

Me voy a echar la pota.

7 de julio de 2007

Al tí Miguel y a la tí María


Este fin de semana, como cada primer fin de semana de julio desde que ella murió, cuando me encuentre de copas por ahí brindaré por ellos. Por la tí María y por el tí Miguel; los del rincón del barrio de abajo de Palazuelo. La verdad es que tenía pensado pasar estos días por la tierruca pero razones que no vienen al caso no va a ser así. Y me hubiera gustado rendirles homenaje sentado en la barra del bar de mi amigo Germán, allí en Palazuelo, y haberme tomado con él unas cervezas. Incluso sopesaba la idea de acercarme cerveza en ristre al camposanto, donde ambos ya descansan, y eso que no soy muy amigo de visitas a este tipo de lugares. Las visitas, y la compañía, procuré hacérselas en vida, que era cuando más me daban, más lo necesitaba y más se lo agradecía. Ahora ya...

Siento que nunca los disfruté lo suficiente y que nunca les demostré todo lo que les quería. Quizá, con este insignificante reconocimiento pretenda, en vano, pagar todo lo que me dieron y demostrar cuánto significaron para mí.

Cuando era un rapaz, ingenuo de mí, pensaba que siempre estarían ahí cada vez que llegara al pueblo. Que siempre me darían cinco de los antiguos duros a escondidas para comprarme chucherías cada vez que me portaba mal ya que mi madre se negaba a soltar viruta, cómo no, tras arrearme un estacazo con una zapatilla. O que siempre cuando me levantara en invierno cada mañana, cuando bajara del sobrao enturunao de frío, estaría allí la tí María sentada en el escaño, calentándome la ropa en la lumbre y con la morcilla preparada en el pote para desayunar. Pero claro, a esas edades lo único que uno se plantea a largo plazo es qué pedir en la carta a los Reyes Magos. Poquita cosa más.

Aunque vagamente, recuerdo aquel primer verano en que me quedé solo con mis abuelos en el pueblo. Era yo un manzanillo de no más de cuatro años cuando por avatares de la vida mis padres hubieron de dejarme con ellos. Por aquella época el ti Miguel y la tí María todavía tenían hacienda que atender así que por si aquélla fuera poco les llegaba crío que aun sin levantar un palmo del suelo ya apuntaba maneras de canalla.

¡Madre de Dios, cuánta guerra les daría durante aquel mes de julio! Después, con el paso los años, y durante las largas charlas que manteníamos al calor de la lumbre durante las visitas de rigor, contaban entre carcajadas todas las tropelías que cometí durante aquel mes que me tuvieron con ellos. La osadía de adoptarme se saldó con un conejo medio ahogado en la pila de las vacas y con un ojo a la virulé, una gallina coja, no sé cuántos huevos escachados y un desfalco considerable en el vasar donde guardaban el chocolate a la taza que rayaban todas las mañanas para desayunar. Las huellas que dejaban mis incisivos en las tabletas fueron la prueba irrefutable para declarar al abajo firmante como culpable del delito por más que servidor se declarara inocente tras jurar haber visto a una pareja de ratones huir del lugar de los hechos con parte del botín. De las demás fechorías jamás hallaron pruebas incriminatorias. Ni falta que hizo.

Recuerdo que un día de verano, tras haber pasado un rato agradable en su compañía, salieron a dar un paseo como tenían por costumbre cuando ya el Sol dejaba de apretar. Ese día me quedé observando cómo se alejaban lentamente por el camino ayudándose el uno al otro agarradicos del brazo mientras el astro rey desaparecía tras las pajizas laderas del cerro de la Urrieta. Y me dije: ahí los tienes, colega, toda la puta vida juntos y míralos cómo se quieren todavía; quedando esa tierna, y a la vez triste, imagen grabada en mi disco duro. Tierna, como he dicho, al ver el gran amor que todavía se procesaban después haber pasado más de medio siglo juntos. Algo casi inaudito hoy en día. Y triste porque ese día experimenté por primera vez esa sensación que hace que a uno se le encoja el estómago mientras se le
humedecen los ojos al darse cuenta de que ya pocos años más iba a poder disfrutar de su entrañable compañía.

13 de abril de 2007

Cambio Radical: la forja de un chocholoco


Hola. Pues nada, que estaba yo el domingo por la tarde esbarriao en el sofá intentando, en vano, resolver el Sudoku Samurai que venía en el suplemento dominical mientras escuchaba Carrusel Deportivo. Decía el enunciado del invento suizo que el tiempo estimado para resolverlo es de una hora y yo, que llevaba ya tres y pico, todavía no había descifrado ni la mitad de las casillas. Total, que a eso de las 23:30, como se acabó Carrusel Deportivo y el Sudoku me tenía ya hasta los cojones, apagué el arradio y puse la tele para ver qué había. Andaba yo en ésas, con el mando en una mano y el Sudoku todavía en la otra, cuando me encuentro que en Antena 3 había un programa de esos de sociedad presentado por Teresa Viejo, a la que, entre aspaviento y aspaviento, estaba apuntito de salírsele una teta por el canalillo. Y como considero que es una señora digna de ponerla mirando a Bercianos y hasta luego, Lucas, me deshice del puto Sudoku y me encendí un pitillo esperando, en vano, también, que el Señor escuchara mis plegarias y finalmente asomara por el generoso escote alguna de sus prominentes glándulas mamarias.

Y así, a lo tonto, a lo tonto, me quedé viendo el programa. En un principio pensé que se trataba de un programa del estilo Sorpresa, Sorpresa, o El programa de Patricia, ya que lo primero que vi fue a un paisanín de unos 25 tacos, con cara de toli y pinta de faltarle media pedalada, jurando que tenía ya muchas ganas de ver a su parienta. Pero al poco tiempo descubrí que no, que realmente se trataba de un programa en el que una titi poco, o nada, agraciada físicamente entraba siendo un adefesio y tras pasar dos meses aislada del mundo real, y tras 5 ó 6 operaciones de cirugía estética (pechos, nariz, dientes, liposucción, etc), salía divina de la muerte pero ya apuntando maneras de lo que ahora se hace llamar personaje de papel couche -aunque hay quien prefiera utilizar el antiguo y castizo nombre de putón verbenero o chocholoco-. Y es que, como aseguraba el narrador mientras la susodicha hacía su aparición estelar en el plató, con mucho aparato y mucho movimiento de cadera, Jacinta, Mari Pepi, o como se llamase la seleccionada, a sus 23 primaveras ha dejado de ser una chica de pueblo para pasar a ser ahora toda una mujer sofisticada que podrá conseguir todo lo que se proponga tras su cambio (de imagen) radical. Y para que se le quede bien grabado en el disco duro, después de habernos secado todos las lágrimas tras habernos emocionado al verla tan guapa, la presentadora se lo vuelve a repetir mientras ella da las gracias y asiente convencida: Jaci, cariño, ya puedes comerte el mundo. Que seas muy feliz con tu nueva imagen,

Y ahí está el problema, que consiguen vendernos que la felicidad y la ambición han de ir unidas inevitablemente a la (buena) imagen, al glamour y a la cabecita llena de pajaritos, pío, pío. Y si uno ve las portadas de las revistas del corazón con Yola Berrocal, Belén Esteban y las pedorras de Gran Hermano se dará cuenta de que tienen razón y que ahora para ser feliz y triunfar en la vida da igual que una sea completamente imbécil, pues estará amparada por un par de buenas domingas, por una oportuna apertura de piernas ante el pene adecuado y, cómo no, por la osadía que otorga la ignorancia.

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