
Este fin de semana, como cada primer fin de semana de julio desde que ella murió, cuando me encuentre de copas por ahí brindaré por ellos. Por la tí María y por el tí Miguel; los del rincón del barrio de abajo de Palazuelo. La verdad es que tenía pensado pasar estos días por la tierruca pero razones que no vienen al caso no va a ser así. Y me hubiera gustado rendirles homenaje sentado en la barra del bar de mi amigo Germán, allí en Palazuelo, y haberme tomado con él unas cervezas. Incluso sopesaba la idea de acercarme cerveza en ristre al camposanto, donde ambos ya descansan, y eso que no soy muy amigo de visitas a este tipo de lugares. Las visitas, y la compañía, procuré hacérselas en vida, que era cuando más me daban, más lo necesitaba y más se lo agradecía. Ahora ya...
Siento que nunca los disfruté lo suficiente y que nunca les demostré todo lo que les quería. Quizá, con este insignificante reconocimiento pretenda, en vano, pagar todo lo que me dieron y demostrar cuánto significaron para mí.
Cuando era un rapaz, ingenuo de mí, pensaba que siempre estarían ahí cada vez que llegara al pueblo. Que siempre me darían cinco de los antiguos duros a escondidas para comprarme chucherías cada vez que me portaba mal ya que mi madre se negaba a soltar viruta, cómo no, tras arrearme un estacazo con una zapatilla. O que siempre cuando me levantara en invierno cada mañana, cuando bajara del sobrao enturunao de frío, estaría allí la tí María sentada en el escaño, calentándome la ropa en la lumbre y con la morcilla preparada en el pote para desayunar. Pero claro, a esas edades lo único que uno se plantea a largo plazo es qué pedir en la carta a los Reyes Magos. Poquita cosa más.
Aunque vagamente, recuerdo aquel primer verano en que me quedé solo con mis abuelos en el pueblo. Era yo un manzanillo de no más de cuatro años cuando por avatares de la vida mis padres hubieron de dejarme con ellos. Por aquella época el ti Miguel y la tí María todavía tenían hacienda que atender así que por si aquélla fuera poco les llegaba crío que aun sin levantar un palmo del suelo ya apuntaba maneras de canalla.
¡Madre de Dios, cuánta guerra les daría durante aquel mes de julio! Después, con el paso los años, y durante las largas charlas que manteníamos al calor de la lumbre durante las visitas de rigor, contaban entre carcajadas todas las tropelías que cometí durante aquel mes que me tuvieron con ellos. La osadía de adoptarme se saldó con un conejo medio ahogado en la pila de las vacas y con un ojo a la virulé, una gallina coja, no sé cuántos huevos escachados y un desfalco considerable en el vasar donde guardaban el chocolate a la taza que rayaban todas las mañanas para desayunar. Las huellas que dejaban mis incisivos en las tabletas fueron la prueba irrefutable para declarar al abajo firmante como culpable del delito por más que servidor se declarara inocente tras jurar haber visto a una pareja de ratones huir del lugar de los hechos con parte del botín. De las demás fechorías jamás hallaron pruebas incriminatorias. Ni falta que hizo.
Recuerdo que un día de verano, tras haber pasado un rato agradable en su compañía, salieron a dar un paseo como tenían por costumbre cuando ya el Sol dejaba de apretar. Ese día me quedé observando cómo se alejaban lentamente por el camino ayudándose el uno al otro agarradicos del brazo mientras el astro rey desaparecía tras las pajizas laderas del cerro de la Urrieta. Y me dije: ahí los tienes, colega, toda la puta vida juntos y míralos cómo se quieren todavía; quedando esa tierna, y a la vez triste, imagen grabada en mi disco duro. Tierna, como he dicho, al ver el gran amor que todavía se procesaban después haber pasado más de medio siglo juntos. Algo casi inaudito hoy en día. Y triste porque ese día experimenté por primera vez esa sensación que hace que a uno se le encoja el estómago mientras se le
humedecen los ojos al darse cuenta de que ya pocos años más iba a poder disfrutar de su entrañable compañía.
7 de julio de 2007
Al tí Miguel y a la tí María
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