
Uno siempre se ha considerado (con o sin razón) amigo del buen yantar. Para un servidor no hay nada como ir a Rabanales (cada cual tiene sus preferencias) para disfrutar de una excelente gastronomía. Bueno, abundante y barato. Lo de bonito, para mí, es lo de menos. Que las copas no sean de Cristal de Bohemia y que la vajilla no sea de diseño francés, ulalá, me la trae al fresco, que uno va a comer, no a un museo.
En todo esto pensaba el sábado pasado cuando me estaba acicalando para ir a cenar con mis amiguetes. A dónde cojones iremos hoy con lo sibarita que es el que reservó mesa, me preguntaba mientras perfumaba concienzudamente mi sobaquera. Y claro, uno que viene del pueblo acostumbrado al buen comer, y al buen beber, van y se lo llevan a cenar a un céntrico restaurante pijolero, donde en vez de abundar la buena comida y la vergüenza torera de lo único que andaban sobrados era de excesiva parafernalia y mucha cara dura.
La verdad es que para un tosco analfabeto en este tipo de restaurantes como yo es muy complicado acertar con los platos a elegir, así que suelo ir a lo fácil. De primero le dije al camarero que me trajera la ensalada con más variedad de ingredientes que encontré en la carta, imaginando de este modo que la cantidad de comida sería directamente proporcional al número de elementos y de segundo pedí Medallones de ternera en salsa de nosequé, ya que al no encontrar Solomillo escrito entre la diversidad de carnes deduje que los medallones de marras serían mi ansiado manjar.
Craso error. La microscópica ensalada multicolor venía como acojonada en un rincón de una descomunal y floreada fuente a lo Agatha Ruiz de la Prada, mientras que los medallones de marras no eran mas que un translúcido filete, lleno de ternillas, o sea, de los de batalla, recortado en tres trozos ovales y con un montón de salsa por encima para camuflar el crimen. El vino, para no ser menos, un Barón de Oña que valía una pasta venía, casi casi, granizado. Creo que no hace falta ser ningún refinado enólogo borgoñés para saber que el tintorro no se debe servir tan frío, por lo que me extrañó que el camarero todavía preguntase a quién se lo debía servir para la cata. Así pues, siguiéndole el juego al camareta, y sin tener ni puta idea del tema pero como dicta el protocolo en estos casos, comencé a oxigenar la copa con mucho movimiento de muñeca y excesiva parafernalia gilipollesca, lo cual debió mosquear considerablemente al camarero pues no esperó a que le diese mi bendición para continuar sirviéndolo.
Una vez concluida la faena y tras haber tomado el postre, el café y la copa de rigor solicitamos la dolorosa. Cuarenta y tres euros por barba. Así que con más hambre que el perro de un ciego, de muy mala gaita y sintiéndonos unos perfectos imbéciles salimos a la calle jurando no volver a pisar por allí por mas que el zaragatero de la entrada nos despidiera con un pase de pecho emplazándonos para otro día.
No habíamos acabado de salir todavía por la puerta, y con el estoque todavía clavado en la chepa (no nos cortaron las orejas y el rabo de milagro), cuando a pocos metros paró en un semáforo un repartidor de Telepizza. De repente me entraron unas ganas salvajes de salir corriendo y arrearle una hostia al mozo para hacerme con la Barbacoa familiar que mi agudo olfato había detectado. Nuestras miradas se cruzaron. Tal y como me está mirando ese hijoputa –pensaría el chaval- seguro que se ha quedado con hambre y viene a por mí. Y antes de que yo pudiese reaccionar salió zumbando.
16 de abril de 2008
Estocadas gastronómicas
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