10 de abril de 2008

La sabiduría de los mayores


Todavía recuerdo las historias que me contaban mis abuelos. Las de la guerra eran mis prefes. Uno puede ver películas o leer libros, pero no hay nada como que te lo cuente alguien que estuvo allí, que lo vivió y que tuvo la gran suerte de sobrevivir para poder contarlo. Era yo un manzanillo de no más de ocho años cuando, a la hora de merendar, le pedía a mi abuelo, insistentemente, que me hablara de aquellos años en los que por narices tuvo que estar sirviendo a su patria, o como se llamase aquéllo a lo que sirvió. Y mientras me comía una tosta o una fiyuela, -mis abuelos no tenían ni caramelos Wertters original ni pizzas Casatarradellas- escuchaba ensimismado sus andanzas por esos mundos de Dios.

Recuerdo especialmente una en la que estuvo a punto de cascarla. Iban por el campo cuando él se metió en un pozo con noria para apagar la sed. Se quedó rezagado y cuando salió casi lo cosen a balazos. Oía el zumbido de las balas que pasaban a mi lado, decía. Todos los años le pedía que me la volviera a contar y todos los años me la contaba.

Cuánto les echo de menos. Cuántas historias habrá como esa y cuántas películas se podrían rodar con las vivencias de nuestros ancianos. Pero, desgraciadamente, nadie se va a preocupar de que las sepamos jamás. Para la clase política de este país los viejos no generan dinero, sólo gastos. La riqueza que poseen nuestros mayores en su interior, en su memoria, es un diamante en bruto que hoy no vale nada. Nadie se va a preocupar de tallarlo pues a nadie nos importa ya lo que ocurrió hace 70 años. Lo putas que las pasaron, la manera de vivir y de sobrevivir. Historias reales, no muy lejanas, que ahora se nos antojan totalmente surrealistas. Muchas de ellas se han ido ya para siempre y otras se irán poco a poco y sin hacer mucho ruido, sin que nadie se entere.

A mí me encantaba charlar con mis abuelos, y como por desgracia no me queda ya ninguno pues “adopto” momentáneamente a los que me voy encontrando. Algunas mañanas suelo salir para dar un paseo por el pueblo y siempre me encuentro al paisano de turno sentado en un poyo frente a su casa, él solo, al sol, viendo pasar las horas. Entonces me le quedo mirando fijamente y al ver su impasibilidad concluyo que está sólo de cuerpo presente, pues su mente se encuentra en otro lugar, en otro tiempo. Seguro que ahora mismo va montado a caballo por el monte, de noche y con dos sacos de café de extranjis. Le espeto un ¡qué bien estamos aquí al sol, eh! Entonces retorna a la realidad y así, sin más, comienza la tertulia. Lo bueno es que la mayoría ya no recuerdan, o nunca supieron, las putadas que les hice años atrás. O quizá sí que se acuerden, pero a estas alturas ya no les quedan ganas de revancha.

Es curioso observar cómo muchos de ellos pueden estar horas perdidas sin entablar conversación con nadie, quizá, por desgracia, tampoco tengan con quien hacerlo. Uno baja al bar a tomar el aperitivo y a la vuelta se los encuentra en el mismo sitio, en la misma posición y con el mismo semblante. También uno se pregunta si esa vida es la que le espera en caso de llegar a viejo.

Pero también puede ser peor. Mucho peor. Cuántas personas mayores viven solas, pero ya no en los pueblos, pues en ellos la camaradería entre los vecinos es mucho mayor, sino en las ciudades.

Tuve una vez una vecina, que vivía sola, a la que también “adoptaba” a ratos. Le calculaba unos ochenta y pocos. Sus hijos, de mediana edad y viviendo a sólo diez minutos a pata, pasaban más de ella que Zapatero de la manifestación del sábado pasado. Ni siquiera le ayudaban con la compra y ella se lo tomaba con filosofía e incluso los comprendía y justificaba. Trabajan mucho para pagar la hipoteca, los niños...decía. ¿El trabajo?, ¿los niños?. Los cojones. La poca vergüenza.

Hace un par de semanas me pasé por mi antiguo barrio ex profeso para saludarla. Pero ya no estaba. Mi vecina, la señora Laura -precioso nombre para una abuelita- había muerto hacía unos meses. No quise preguntar más a los vecinos pero me imagino su final. Sola. Ahora el piso está en venta. Sólo espero que el dinero que saquen por él los hijos les sirva para pagar el crédito, para contratar una niñera y hasta una pornochacha o pornochacho si se tercia. De este modo seguro que no tienen que trabajar tanto y les queda tiempo para ir a clase y recuperar esa asignatura que les quedó pendiente. La de la vergüenza.

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