30 de diciembre de 2008

El chiquito de las 13:30

Sucedió hace una semana. Más o menos. Me encontraba en un bar cualquiera de un pueblo sito en Territorio Comanche y que de cuyo nombre tampoco quiero acordarme. Por allí suele ser costumbre entre mis amiguetes, siempre y cuando no haya que trabajar, quedar a mediodía “con la cuadrilla” e ir a tomar unas cañas con sus respectivos pinchos al bareto de toda la vida. La oficina, le llamamos nosotros. Lo malo de no ir por allí muy a menudo es que uno coge eso del alterne con ganas, se pasa tres pueblos, y cuando llega a casa a comer, tras varias llamadas no atendidas a un tal Papá-móvil, no tiene ni hambre, ni sed y ni puttas ganas de escuchar el sermón con que le obsequia por llegar tarde, y mal, la madre que lo parió.

Como iba diciendo, estábamos con esas cañitas sentados a una mesa discutiendo sobre la conveniencia, o no, de que la Pataki se pusiese más tetas (media docena, sugería alguno) cuando me dio por levantar la mirada. Y allí, en la esquina de la barra, justo al lado de la puerta del baño, se encontraba él. No le hubiera prestado mayor atención si no hubiese sido porque su careto me sonaba, aunque no acertaba a recordar de qué. Estaba él solo. Cuando le vio Ramón, el camarero, directamente cogió la botella de Coto y le sirvió una copa.

De repente creí caer en la cuenta. Y, así, como que no quiere la cosa, lo comenté por lo bajini con mi amigo Tejas, quien confirmó mis sospechas. Se trataba de un concejal del Pesoe al que conocía de haberle visto por la tele. En ese momento pasé de imaginarme las domingas de la otra y me dediqué a observarle a él. Parecía tranquilo –la procesión, concluí, va por dentro-. Cogió el periódico que estaba en la barra y comenzó a echarle un vistazo. Leía, imagino, sólo los titulares para no entretenerse demasiado y pasaba a la siguiente noticia. Al pasar las hojas instintivamente levantaba la mirada y hacía un barrido por el bar. Por si las moscas. Como tampoco quería mosquearle, pues nuestras miradas se cruzaron en un par de ocasiones, me dediqué entonces a buscar a los escoltas. No hube de emplear mucho tiempo. Dentro del bar no estaban ya que, a malas, no calculaba ni media hosttia a ninguno de los que estábamos por allí, así que corrí las cortinas de la ventana con la excusa de mirar la hora en el reloj de la iglesia y allí, apoyados sobre la repisa de la ventana, estaban los dos cachalotes.

Al poco rato entraron en el bar tres elementos de mediana edad que, por las pintas y el pelaje, parecían hijos de mujeres de dudosa reputación. Reconocer su orientación política tampoco fue muy difícil: el pueblo no es muy grande y todo el mundo, más o menos, se conoce. Se colocaron justo enfrente de la puerta del bar. Uno de ellos se percató de la presencia de José Luis (le llamaremos José Luis, por ser de los de Zapatero) y lo comentó con sus otros dos congéneres, los cuales dirigieron momentáneamente la mirada hacia el edil sólo para confirmar su presencia. Nada más. Ni un comentario al respecto, ni una mirada de desprecio; nada. Pidieron tres chiquitos y siguieron a lo suyo. José Luis levantó la mirada, los vio y siguió repasando las noticias, también, como si tal cosa. Según entraron estos tres elementos me quedé con ganas de haber vuelto a correr las cortinas para ver cuál fue la actitud que adoptaron los escoltas, si es que adoptaron alguna, claro, pero ya me pareció cantearme demasiado.

Aunque lo intentaba me resultaba imposible no mirar a José Luis. Qué necesidad tendrá el tío -rumiaba mientras le miraba- de pasar por lo que está pasando; de vivir en un sin vivir. Alerta las 24 horas del día. Y, míralo, situado estratégicamente en la esquina de la barra, para controlar de un vistazo todo el bar, y al lado del baño, para poder poner pies en polvorosa si fuese necesario. De repente cerró el periódico y se dirigió hacia la bandeja donde estaban los pinchos, situada a escaso metro y medio de donde se encontraban los tres majaderos. Su paso era firme, decidido. Iba con la cabeza alta y la mirada al frente. Se detuvo ante la bandeja y vaciló antes de coger un pincho. A todo esto los otros seguían a lo suyo discutiendo, imagino, sobre quién de los tres tenía el RH más peludo y ni se inmutaron ante la “osadía” de José Luis. Nada. Cogió el pincho y volvió a su sitio donde dio buena cuenta de él.

Al poco rato, y sin que sucediera nada más digno de reseñar, José Luis sacó el monedero, dejó unas monedas sobre la barra y, tras despedirse del camarero, salió a la calle. En ese momento me giré hacia la ventana, corrí nuevamente las cortinas y continué observando. En ningún momento dirigió la palabra a los escoltas. Uno se puso a su altura, caminando a dos metros de él, y el otro comenzó a seguirles por detrás dejando, también, una distancia prudencial.En ese momento, mientras veía cómo se alejaban del bar, recordé aquel célebre telegrama que el rey Alfonso XIII envió al General Berenguer cuando, en la guerra de África, éste decidió atacar por sorpresa Alhucemas y que rezaba así: ole tus cojones.

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