Cuando era (más) joven llevaba greñufos locos para desesperación de mis padres. Para que os hagáis una idea digamos que mi pelambrera era una mezcla entre la de Maradona, la de Andrés Calamaro y la de el del medio de Los Chichos. Bueno, qué coño, como la del guarrupio este de aquí al lado.
Resulta que un sábado por la mañana estaba en la cama cuando sonó el timbre. Evidentemente, en un primer momento pasé de levantarme; que abra mi madre o que le den por el culo a quien sea, pensé, y me di media vuelta. Pero viendo que insistía en la llamada, y que ni Dios abría la puta puerta, ya me levanté creyendo que sería el cabrón de mi hermano que había salido sin llaves, así que fui a abrir en pijama, recién levantado, con el pelo-arbusto de aquella manera y sin afeitar.
Y allí, frente a mí, apareció una gitanilla de no más de ocho años con la firme intención de que le diese argo. Anda, vete por ahí, le espeté malhumorado. Y ella, con una sonrisilla de oreja a oreja, lo único que acertó a replicar fue: huy, si tú también pareces gitano. Total, que pasé de ella, cerré la puerta y me metí otra vez en la cama. Pero ya no podía conciliar el sueño. Que parezco gitano, me ha dicho la hijaputa. Ya me tuve que levantar e irme a mirar al espejo… Si al final mi madre va a tener razón; que tengo pinta gitano. Así que me afeité. Y me lavé la cabeza.
Resulta que un sábado por la mañana estaba en la cama cuando sonó el timbre. Evidentemente, en un primer momento pasé de levantarme; que abra mi madre o que le den por el culo a quien sea, pensé, y me di media vuelta. Pero viendo que insistía en la llamada, y que ni Dios abría la puta puerta, ya me levanté creyendo que sería el cabrón de mi hermano que había salido sin llaves, así que fui a abrir en pijama, recién levantado, con el pelo-arbusto de aquella manera y sin afeitar.
Y allí, frente a mí, apareció una gitanilla de no más de ocho años con la firme intención de que le diese argo. Anda, vete por ahí, le espeté malhumorado. Y ella, con una sonrisilla de oreja a oreja, lo único que acertó a replicar fue: huy, si tú también pareces gitano. Total, que pasé de ella, cerré la puerta y me metí otra vez en la cama. Pero ya no podía conciliar el sueño. Que parezco gitano, me ha dicho la hijaputa. Ya me tuve que levantar e irme a mirar al espejo… Si al final mi madre va a tener razón; que tengo pinta gitano. Así que me afeité. Y me lavé la cabeza.
Total, que el otro día me vino la historia de la gitanilla a la cabeza cuando volvía de hacer la compra. Venía caminando con las bolsas, y tal, cuando al pasar a la altura de los campos de fútbol del polideportivo un balón cayó al lado mío. De repente un criajo de seis o siete años se asomó a la valla y me dijo sin cortarse ni media: –Por favor, señor, el balón. Miré alrededor y en cien metros a la redonda no había nadie más. Sí. No había lugar a duda. Se estaba dirigiendo a mí. El hijoputa me acababa de llamar “señor”. “Señor” a mis treinta y pocos. Tócate los cojones. Le di el balón porque si salto la valla lo que le doy son dos hostias.
Pero lo peor vino al día siguiente. Uno se levanta temprano para ir a trabajar, y tras el primer pipí del día y después de haberse quitado las legañas con la lavadura del gato, se mira en el espejo para verse el careto y…. rediós, una cana. Y uno nota cómo un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Alarmado, comienza a buscar más. Lo jodido es que el que busca, normalmente, acaba encontrando… mecagüen la puta, y otra, y otra,,,, y otra más en la barba… Ay, de nos, que vamos pa´ viejos.
Lo de la pinta gitano lo tengo superado, pero hasta que no asuma lo del “señorío” evitaré cualquier contacto con niños, especialmente con niños gitanos. No es que sea racista, pero no creo que esté preparado para que a alguno de ellos le diese por decirme que me parezco al tito Richal. O, peor aún, que le diese por confundirme el pááápa.
Pero lo peor vino al día siguiente. Uno se levanta temprano para ir a trabajar, y tras el primer pipí del día y después de haberse quitado las legañas con la lavadura del gato, se mira en el espejo para verse el careto y…. rediós, una cana. Y uno nota cómo un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Alarmado, comienza a buscar más. Lo jodido es que el que busca, normalmente, acaba encontrando… mecagüen la puta, y otra, y otra,,,, y otra más en la barba… Ay, de nos, que vamos pa´ viejos.
Lo de la pinta gitano lo tengo superado, pero hasta que no asuma lo del “señorío” evitaré cualquier contacto con niños, especialmente con niños gitanos. No es que sea racista, pero no creo que esté preparado para que a alguno de ellos le diese por decirme que me parezco al tito Richal. O, peor aún, que le diese por confundirme el pááápa.

