30 de agosto de 2005

Domingueros indignados (por el Katrina)


Toda esta peña de analfabetos y garrulos típical hispanis de botijo y porrompompero que salen, ellos y ellas, sin afeitar por la tele y vociferando, suelen ser los que han empeñado hasta la dentadura postiza de la suegra para poder irse al caribe y vacilar después en la pelu de lo guays que son y lo bien que se lo montan.

Mindundis del tres al cuarto que no tienen un puto duro a la hora de acoquinar pasta para las obras de la comunidad, porque eso no viste, que van a la pescadería y compran dos rodajas de salmón y dame cuatro kilos de filetes de bacalao congelao para un gato que no tienen. De los de la misma camisa Burberrys y el mismo pantalón Ralph Lauren todos los domingos y fiestas de guardar durante dos años, que los ves a primeros de mes comiendo el fin de semana en restaurantes y entre semana en el bar del polígano, tomando café, copa y puro, pero que a partir del día 20, más o menos, parece que ya no tienen hambre y el Audi A4 Sport ya no les lleva de jarana porque, según parece, está cansado. Entonces aprovechan para invitar a café a las Marujas de al lado, que sólo se fueron pal pueblo de vacaciones y les hacen tragarse todo el video del viaje a Sto. Domingo y las 250 fotos que le hizo su Manolo a la sombra de las bananeras con un negro zumbón en tangaleopardo al que se le adivina un palote del calibre veintidós. Hala, muérete de envidia y alucina, vecina.

Pero cuando el asunto se jode ¿de qué se quejan?. Se van a la otra punta del mundo, al culo del planeta, a países a los que yo también considero miserables, pues miserable viene de miseria -desdicha-, por cuatro duros y pretenden que el hotel sea como el Ritz del Paseo de la Castellana. Amos, no me jodas.

La gente con viruta de verdad se gasta el doble, va por su cuenta y no se quejan, y si el tiempo está jodido y sólo acompaña para cazar caracoles voladores se quedan en el hotel como Dios manda que habían reservado, porque ya saben de qué va la peli, regresan en cuanto pueden, si acaso lo ponen en manos de sus abogados y vuelven a irse a los 15 días o al mes a otro lado. Y los otros ajo y agua porque este año no hay video que valga.

Pero hay más, también están los piraos, los que ya no saben qué hacer para vacilar y se apuntan a los llamados deportes de riesgo porque, dicen, es un subidón de adrenalina, vecina, y hay que probar de todo en esta vida. Suelen ser los mismos pero al año siguiente. Esta vez con otra agencia que garantiza, también, video y fotos. Porque eso también cuenta, y mucho, si no a ver cómo lo demuestran después.

También éstos se mosquean cuando están escalando, se jode la cuerda o el mosquetón y se rompen la crisma contra el suelo. O cuando van por unos rápidos, cual manada de morubes en patera, y resulta que se encuentran con un malvado tronco que se cruza en su camino y, zaca, la mitad pal otro barrio y a llorar y ay Dios mío por qué, y a pedir responsabilidades a las agencias, porque, dicen, no deja de ser un deporte y no debe pasar nada. Cuando los que de verdad saben de estos deportes, los expertos, también sufren accidentes mortales después de llevar toda la puta vida entrenando, estudiando maneras, e inspeccionando el terreno para saber a qué atenerse. Y ahí van ellos, con su barriga cervecera, con michelines hasta en el tuétano y sin dos dedos de frente dispuestos a emular a Indiana Jones.

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