Dice Pino Aprile, en su libro Elogio del imbécil, que los imbéciles tendemos a juntarnos para camuflar nuestra propia imbecilidad, para que ésta no sea tan patente. Y que la imbecilidad es directamente proporcional al número de congregados. Y tiene razón. Si hay algo que todos los españoles tenemos en común es la estupidez. Da igual nuestra orientación sexual, nuestra ideología política o nuestra creencia religiosa. Somos completamente imbéciles, estamos orgullosos de ello y, lo que resulta acojonante, es que no nos importa hacerlo público, que los demás lo sepan. Sí, soy imbécil, y qué.
Y Madrid es la ciudad elegida por los españoles para mostrar nuestra imbecilidad. Incluso los imbéciles que viven lejos, peregrinan hasta Madrid, cueste lo que cueste -los imbéciles no solemos escatimar en gastos para estos menesteres- para poder mostrar también al mundo su imbecilidad del mismo modo que los musulmanes peregrinan hasta La Meca; al menos una vez en la vida. Y es que hacer el imbécil en una provincia está bien, pero no tiene el mismo caché que si uno lo hace en Madrid.
Normalmente en estas concentraciones se respira el mismo buen rollito que en el anuncio del turrón El Almendro, cuando el quinto peluso llegaba a casa por Navidad. Todo son besos y abrazos al reencontrarnos. Es la primera vez que nos vemos, pero nos reencontramos. Seguro que coincidimos en el no a la guerra contra Aznar, en el sí a la guerra contra Gadafi por ser su amigo, en la del foro de la familia, en el no al aborto, en la victoria de La Roja. Da igual, cualquier excusa es válida para juntarnos con nuestros congéneres y dar rienda suelta a nuestra imbecilidad.
Todo esto viene a colación del domingo pasado. Uno coge el buga por la mañana temprano con la firme intención de irse de lumis a la calle Montera -como todo el mundo sabe los mejores polvos son los mañaneros- e inconscientemente se adentra en la ciudad cuando de repente, zaca, se encuentra con una manada de Pitufos haciendo evanassarricos aspavientos con el fin de desviar el tráfico... Marathon Popular de Madrid. Con dos cojones. Según los datos que manejo fueron unos 10.500 imbéciles los que participaron en tal evento, y estoy seguro de que no fueron más porque más de un perroflauta de izquierdas se quedó en casa al leer el título pensando que lo organizaba Esperanza Aguirre.
Como el tráfico a la entrada de Atocha era denso y había que ir despacio, a uno le daba tiempo de mirar a los imbéciles que corrían. El espectáculo, como no podía ser de otra manera, era dantésco, con tilde. Con tilde pues poco tenía que ver con Dante y su obra sino más bien con Leonardo Dantés y la suya.
Uno vestido de novia corría arrepentido habiendo dejado plantado en el altar, digo yo, a su novio y a ambas familias. Ése, por el atuendo, debe ser el pasivo de la pareja, al que le gusta tomar, deduje mientras se alejaba. No pasaron ni dos minutos cuando veo acercarse, exhausta, a una señora de mediana edad haciendo el helicóptero con el brazo izquierdo, aprovechando de este modo, digo yo, el efecto hélice para avanzar más rápido. Confieso que al ver el afán con el que centrifugaba el brazo temí que en una de éstas levantara el vuelo y tuviese después algún percance a la hora de aterrizar... No se hacen para aparcar con un coche, que está en tierra firme, como para dejarlas tomar tierra.
El resto de participantes que me dio tiempo a ver, sinceramente, me parecieron imbéciles normales, de los que no destacan, de los comunes. Pero eso sí, cien por cien imbéciles, de eso no me cabe ninguna duda. Porque es que hay que ser imbécil para ponerse a correr una marathon respirando el humo de los coches en pleno centro de una ciudad como Madrid que, según el último estudio, tiene el nivel de contaminación más alto de los últimos tiempos. Y ya que, como dije anteriormente, los imbéciles no escatimamos en gastos y, además, nos pone esto de la contaminación, ojalá la próxima Marathon la organicen por las inmediaciones de la central de Fukushima, porque para allá vamos todos, seguro. Sí, y yo, como buen imbécil, también iré para contaros a ver, si con la radiación, a la paisana que agitaba el brazo le sale un rotor de cola y a mí, con las mismas, me crece el rabo.
30 de mayo de 2011
Marathon popular de MAdrid
________________________________
 
                                                     >>>>>>>
