
Estimado Lehendakari:
En primer lugar permítame felicitarle –pura cortesía- ya que ha sido usted reelegido en el cargo de Lehendakari de todos los vascos. Y vascas.
Tras haber escuchado detenidamente su discurso, lleno de guiños y de mensajes subliminales hacia el PCTV, ayer en el Parlamento Vasco, tengo para mí que va a volver usted a la greña con su maquiavélico plan. No sé, es una sensación.
El motivo de esta misiva no es para hacerle cambiar de opinión, como alguno pudiera esperar, ni tan siquiera el de reprenderle por querer volver a presentar tan singular propuesta, ya que, según parece, es usted bastante chamorro y por más que le digan que no, usted, erre que erre, que si quieres arroz a la Vizcaína.
Créame si le digo que me considero una de las pocas personas que en España –Estado español para que me entienda- le comprenden. Sí, ha leído usted muy bien. Puedo entender perfectamente cómo se siente, porque como verá a continuación, un servidor ha pasado por la misma experiencia personal, la cual me gustaría compartir con usted con el único objetivo de hacerle reflexionar.
Hasta hace relativamente poco tiempo vivía con mis padres en el domicilio familiar, pero dado el carácter “maniático” de mi madre, vivíamos en un clima de crispación constante. Todos los santos días había bronca en casa — “... que cuando vas al servicio no apuntas bien, salpicas para afuera y luego no lo limpias...”, “... cuántas veces te tengo que repetir que no fumes en el salón que mira como me tienes la alfombra y los sofás...”, “... que te tengo dicho que no dejes los calzoncillos sucios tirados por el suelo de exposición...”,”...que me vas a volver loca...”, “... que me estás acabando con la vida...”, etc.
Últimamente la situación era ya insostenible, ya que a medida que avanzaba la discusión su carácter se tornaba cada vez más violento, hasta tal punto que un día, escoba en ristre y en tono amenazador, comenzó a proferir una serie de improperios, los cuales no acerté a distinguir dada la tensión del momento y por encontrarme en posición fetal, tirado en el suelo de la cocina junto a la lavadora, y con la cabeza tapada para protegerme de la que se me venía encima.
Y uno, que ya está más cerca de los treinta que de los veinte, pues qué quiere que le diga, ya no está por la labor de aguantar ese tipo de humillación por mucho que sea su madre quien se lo inflija.
Uno, todo hay que reconocerlo, y que quede entre nosotros, puede ser un poco gorrín en el hogar pero no mala persona, y a la vista de las circunstancias, viendo que corría serio peligro la salud mental de mi madre y mi propia integridad física, decidí crear un nuevo modelo de emancipación basado íntegramente en su plan. El cual definí como “relación de libre asociación con el domicilio paterno” o Plan Carbonero.
Éste consistía en que mis padres, curritos de profesión y ahorradores natos, me dieran la entrada para un piso, del cual pagaríamos las letras a medias. Yo me iría a vivir allí, con lo que la salud de mi madre mejoraría notablemente, y eso no tiene precio. También podría volver a casa para comer, para que me hicieran la colada y si a mi mami le sobrase un poco de tiempo, pues podría ir por mi casa para limpiar, ya que uno no es muy hábil en esos menesteres.
Ellos, atónitos, no podían dar crédito a lo que les estaba proponiendo y tras cerciorarse de que no me encontraba fumao ni bajo los efectos de ninguna sustancia psicotrópica me dijeron que ni hablar del peluquín.
Para no extenderme demasiado le diré que, tras mucho batallar, finalmente accedieron a todas mis pretensiones. Todo fue muy rápido. En dos semanas ya tenía mi piso y cuando hube sacado todas mis pertenencias de su casa, ese mismo día cundo llegué para cenar, cuál fue mi sorpresa que habían cambiado la cerradura de la puerta.
Corríjame si no es así, pero creo que usted y yo pensamos parecido. Pero tenga mucho cuidado porque, aunque a veces lo parezca, la gente no se cae de los ciruelos y puede que le ocurra como a un servidor, que le den la independencia total y le dejen de patitas en la calle. Pues no se puede imaginar, estimado Lehendakari, cómo güele en verano el cuarto de baño de un fumador empedernido tras más de cuatro meses que lleva sin ver una fregona.
24 de junio de 2005
Carta abierta al Lehendakari Ibarretxe
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